Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 6 de mayo de 2026.
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Hubo un tiempo en el que un tanatorio de nuestra ciudad me
llamó la atención por su mobiliario de colores y formas amables. Recuerdo
sillones curvos y de color verde o gris claro. Quiero incluso recordar vivos
naranjas en algunas piezas del mobiliario, otros marrones agradables. Aquello,
conjugado con sus grandes cristaleras y la luz de Almería pasando a través de
ellas, con frases emotivas escritas sobre las paredes, hacía del conjunto un
lugar que me resultaba cálido y reconfortante. Al poco de abrir, estuve allí
para despedir a mi propio abuelo y pude percibir cómo el lugar invitaba a
sentirse reconfortado. Ahora, la mayoría del espacio abierto entre las salas de
velatorio y los grandes ventanales lo ocupan unos voluminosos sofás de riguroso
color negro. Puro cliché. La sensación que transmite es de un cierto retroceso.
Es un lugar al que no me gusta ir. Entiendo que no gusta, en
general. Pero con otros tonos y otros sillones se me antojaba más amable, diferente,
inesperado. Ahora es convencional y lo que hace es más convertir la muerte en
un trance a superar que una celebración de la vida. Y es que, aunque duela, en
la mayoría de los casos el rato de velatorio debería ser una celebración de la
vida que se ha acabado, pero que recordamos con cariño, con afecto, con una
sonrisa. Hay muertes con las que esto parece humanamente imposible, lo sé; pero
incluso en esos casos cabe, de alguna manera, ese pensamiento.
Es muy difícil gestionar la muerte, no sabemos bien cómo
hacerlo. Por un lado, tiene un punto de tabú, como si nombrarla la atrajera.
Por otro, es un momento de gran dolor para los más allegados al difunto. Tantas
veces no sabemos qué decir ante ella. Resulta curioso, sobre todo si
consideramos que es algo de lo que nadie escapa: todos pasaremos por ella.
Desde el inicio de la humanidad, las distintas religiones y creencias buscan
darle respuesta, sentido, pero al final cada persona hace lo que buenamente puede
cuando llega el momento de sufrir o acompañar. Quizás no hagan falta grandes
discursos ni las mejores palabras. Un gesto o una mirada pueden resultar
balsámicos. También una sonrisa.
Si yo pudiera elegir, devolvería al lugar su aspecto cálido,
lo llenaría de vida en todos esos elementos para hacer contrapeso a tanta
muerte como pasa cada día por esas estancias. Veo esos sofás negros y pienso
que el mobiliario correcto también sabe dar abrazos.
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