Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 13 de mayo de 2026.
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En estas semanas las jacarandas nos vienen regalando todo su
esplendor y belleza. Son árboles muy llamativos, de flores color lila o
violeta, acaso azuladas. Los vemos en algunos lugares de nuestra ciudad y nos
llaman especialmente la atención ahora que están en el punto álgido de su
floración. Cuando esa flor estalla, el árbol apenas tiene hojas y lo que deja
ver es un auténtico espectáculo en tonos morados. Solemos verlos agrupados, por
ejemplo, en la Plaza de San Pedro, en la Puerta de Purchena, en la Rambla al
sur de la Gloria, o en esa plaza con fuente que tenemos entre la Ciudad de la
Justicia y Blas Infante.
A mí me vienen llamando la atención desde hace bastante
tiempo. Así, en 2022 le dediqué los siguientes versos al Cristo del
Descendimiento, de la Hermandad del Silencio: “Jacaranda en flor / que en flor
espera / una nueva primavera / para darnos Redención”.
El caso es que la observación de este árbol, y qué bien
viene haber mencionado al Descendimiento en este punto, nos obliga también a
fijarnos en que la caída de la flor es muy escandalosa, casi tan llamativa como
la propia floración, pero al revés. Un Cristo sin Resurrección podría parecerse
tanto a estas flores…
Pero aquí viene la pregunta importante: ¿merece la pena? Y no
es baladí porque la verdadera pregunta es si pagamos el precio que la belleza —de
las flores, en este caso— impone o lo abordamos todo desde un mayor pragmatismo
y apostamos por ornamentos más cómodos. Si comparamos con los más habituales
ficus o palmeras, éstos ofrecen un aspecto mucho más parejo durante el año y,
entiendo, no tienen el problema de la suciedad; otros tendrán.
Bajaba el Paseo el otro día pensando que los ficus se
parecen a nosotros, sobre todo a los que no somos tan guapos, en que están ahí
todo el año, parecen los mismos y, de repente, les dan la poda circular y
parece como si se hubieran cortado el pelo y acicalado. Ese siempre oportuno “pareces
otro”, pero sabiendo que siempre eres el mismo.
Las jacarandas, con su explosión de belleza por primavera,
nos recuerdan que la vida pasa, que el tiempo avanza y las estaciones se
suceden. También, que las cosas —y nosotros con ellas— caen. A mí me alegran el
día con sus inverosímiles flores, por más que sea inevitable recordar que, en
unos días, acabarán todas en el suelo.
Publicado el texto, me escribe Miguel Cárceles y me dice lo siguiente:
"Lo mejor de las jacarandas es que florecen dos veces al año. En primavera, como el resto, y en otoño, cuando nadie lo hace. Son muy curiosos esos árboles argentinos".
Me encantó el comentario y lo anexo a la columna.