jueves, 12 de marzo de 2026

Desde esta atalaya

              Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 11 de marzo de 2026.

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

Nacer al columnismo en 2026 no está siendo nada sencillo. Siento una tensión constante. Cuando inicié esta humilde aventura, hace ocho textos, lo hice con la intención de desmarcarme en lo posible de la actualidad más actual. Que las cosas fueran digeridas con calma, que nos centráramos en los posos del café. También, claro, en las gracias de Almería: sus tiempos, sus liturgias, sus gentes. Y con esa intención de fondo sigo. Pero cuando los hechos que nos rodean son de tanto calado y, al mismo tiempo, tan difíciles de analizar, la columna amable o ligera se siente menor. ¿Tiene sentido escribirla? Supongo que sí.

El caso es que aquí estamos, en este aniversario de trágico recuerdo para España y, al mismo tiempo, rodeados de un mundo que, a cada paso, amenaza con una nueva y dolorosa catarsis. Sin ser ningún erudito ni conocer a fondo el concepto, en mi juventud fantaseé con una idea que más tarde descubrí que, como casi todo, ya estaba inventada: el fin de la historia. Así había bautizado Francis Fukuyama a su pensamiento de que, finalizada la Guerra Fría entre rusos y americanos, el mundo había alcanzado, al fin, su última forma política. Entiendo que se referiría a Occidente o al mundo, por así decirlo, avanzado.

Un mundo sin conflictos bélicos y en el que predominase la fórmula conocida de democracia liberal con economía de mercado, parecían las claves para la convivencia pacífica entre humanos.

Hoy, sin embargo, estamos ante un mundo en ebullición en el que, sí, estamos todos conectados pero en el que, también, las tensiones parecen ir a más: el rol de Estados Unidos en el mundo, el clima siempre tenso de Oriente Medio, el nacimiento y auge del islamismo radical, los grandes movimientos migratorios, la ausencia de natalidad en Occidente, las dictaduras en Sudamérica, el crecimiento imparable de China, la paulatina desaparición de la Unión Europea del mapa de las grandes potencias… ¿Quién reordena la partida? ¿Y qué puede escribir un pobre columnista de provincias al respecto? ¿Cómo hacerse a un lado de tanto ruido geopolítico?

Toca seguir luchando contra todas estas inercias y hacerme, en lo posible, al monte de mis planteamientos iniciales. Que para analizar a Sánchez, Trump o Putin sobran voces y altavoces. Mientras tanto, aquí seguiremos viviendo y disfrutando lo que nos da nuestra tierra, aunque la mirada al exterior nos deje el corazón en vilo.


jueves, 5 de marzo de 2026

20 años no es nada

              Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 4 de marzo de 2026.

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

Si la semana pasada nos asombrábamos ante la situación del medicamento VYJUVEK para enfermos con piel de mariposa y su tardanza en llegar a España por asuntos meramente burocráticos, hoy toca hacer lo propio por los veinte años de paralización de las obras de El Algarrobico. ¡Veinte años! Y ahí sigue, que ni avanza ni retrocede. Esto es: ni es objeto de demolición, ni se retoma obra alguna.

Verdaderamente, vivimos en un país fascinante. Queda la sensación de que la vida es eso que transcurre mientras las cosas se solucionan. Eso sí, sin prisa. Recuerdo bien cómo en septiembre de 2019, unos colegas de profesión venidos desde muy distintos puntos de España, sentían verdadera curiosidad al pasar junto a esta construcción por la carretera que une Carboneras y Mojácar; preciosa, por cierto. Pidieron parar el autobús en el que íbamos y se tomaron fotografías; como si hubieran visto, qué sé yo, a Julia Roberts. Y es que, no en vano, la situación de este edificio es bien conocida en toda España.

Yo, si les soy sincero, no sé ni qué pensar. Entiendo bien que no debemos basar nuestro modelo económico en levantar construcciones en la orilla de nuestras playas, pero aquí el problema es que el edificio ya existe porque, al inicio, contó con todas las autorizaciones pertinentes. También me pregunto si es posible, de verdad, hacerlo desaparecer y que la playa quede como si nada. Y entre una duda y la otra, me resulta fácil alinearme con quien pide que el edificio se finalice, aunque no se use como hotel, aunque tenga un carácter más público y, por qué no decirlo, amable con la opinión pública.

Pero lo relevante aquí —lo llamativo, quizás— no es tanto qué se hace con el edificio, sino qué extraños mecanismos terminan dando lugar a que algo así esté paralizado durante tanto tiempo. ¿Cuánta gente se ha ido de este mundo sin saber qué pasa con esto, cuántos han nacido con este problema ya iniciado y ahora están formando familias, trabajando o cursando estudios en la universidad? ¿Cuántas Champions ha ganado el Real Madrid? Por poner en contexto y siguiendo con lo futbolístico, la selección española aún no había iniciado su ciclo ganador de 2008 a 2012 (Eurocopa-Mundial-Eurocopa) cuando las obras del dichoso hotel se paralizaron.

Dicen, con razón, que la justicia tardía no es justicia. Pase lo que pase con este edificio, el daño para unos y el ridículo para todos ya es inevitable.

jueves, 26 de febrero de 2026

Leo

             Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 25 de febrero de 2026.

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

Leo me parece un fenómeno. Pero yo no tendría por qué conocer a Leo, la verdad. Es un niño sevillano y yo, como se puede usted imaginar, conozco a muy pocos niños sevillanos. Que no lo conozco personalmente, entiéndame, pero sé quién es, sé lo que le duele y qué sueña cuando duerme. También cuando está despierto.

Leo es un niño de doce años que padece esa enfermedad rara que llaman piel de mariposa. Se llama así por causar una extrema debilidad de la piel: un roce basta para que se haga una herida y, por si esto fuera poco, esa herida no cicatriza como debería. Leo habla como un viejo. Me cae excepcionalmente bien.

También es un caso algo peculiar porque Leo, o la familia de Leo, no pide dinero para ayudarse con su enfermedad, ese extraño castigo que lleva a cuestas. Lo que Leo pide es muy distinto y tanto usted como yo se lo podemos dar, cada uno en nuestra medida. Yo lo hago escribiendo este texto y usted, quién sabe, lo puede hacer compartiendo su historia. Porque lo que realmente quiere este crío es visibilidad. ¿Y por qué? Pues porque el medicamento que le podría mejorar sustancialmente la vida y, como él dice, quitarle el dolor ya existe. El gran problema de Leo es que el VYJUVEK, que no es ningún satélite ruso, ya se comercializa en otros países, también en Europa, donde cuenta con el visto bueno de la Agencia Europea del Medicamento. Esa aprobación existe desde hace un año, que uno pensaría que ya está bien, pero parece que aún podría pasar casi otro año más para que este medicamento, una pomada, llegue a los pacientes en España.

¡Qué guapos somos y qué burocracia tenemos! Somos resilientes, chapurreamos el inglés, empezamos a jugar con la IA… pero Leo y cuantos sufren la misma dolencia que él tienen que seguir esperando. ¿A qué? A que alguien siga dando curso a no sé bien qué papel en no se me ocurre qué despacho. La burocratización en la que vivimos inmersos, tan necesaria en muchos aspectos, es también un freno constante a demasiadas cosas positivas. Se frenan iniciativas empresariales, se frenan impulsos particulares de ayuda a los demás, se retrasan y hasta duermen grandes ideas en la ventanilla del “vuelva usted mañana”. Y resulta que, además, por este atraso vestido de vanguardia, Leo sigue sufriendo un gran dolor sobre su piel. Y yo solo quiero volver a verlo aparecer por mi móvil, nuevamente viralizado, con su tratamiento en marcha.


*Quisiera agradecer públicamente la labor de la Fundación Isabel Enrique Díaz, gracias a la cual se impulsan muchos proyectos relacionados que van desde la ayuda a los afectados por la Dana en Valencia o las lluvias recientes en Andalucía Occidental, al apoyo a niños con situaciones difíciles, muy difíciles, muchos de ellos de Almería y otros, por ejemplo, como Leo.

martes, 24 de febrero de 2026

Sabor a sal

El pasado sábado tuve el placer de presentar a Juan Diego Linares Vera, que a su vez presentaba el cartel anunciador de la próxima estación de penitencia de la Hermandad del Calvario, de cara a la Semana Santa de este año 2026. Era la primera vez que Juan Diego se veía en algo así y, la verdad, estuvo muy bien. Yo creo que es de esas actuaciones que deben dar pie a nuevas llamadas en el futuro. A fin de cuentas, se trata de alguien que da sustancia a sus palabras, contenido de verdad, y dice las cosas con serenidad.


Tuve ocasión de glosar a la persona y su trayectoria cofrade, que son de de admirar para mí. Porque sí, porque llevo ya años trabajando a su lado, viendo su nivel de exigencia, la capacidad que tiene para estar en mil cosas a la vez, el esfuerzo que le pone... y todas esas cosas hay que reconocerlas. Y, encima, se trata de una persona para la que no solo existe su Hermandad, sino que existen todas las demás. Que esto último es algo que la gente que trabaja a ese ritmo muchas veces olvida, centrándose únicamente en lo suyo.

Y luego estoy yo que cuando participo de un acto así y tomo la palabra ante una Hermandad, con su titular en cultos, me siento en la obligación de "saludar". Para ello, en esta ocasión preparé una especie de poesía, fiel al estilo del pregón cofrade. Como la referencia era el Santísimo Cristo del Mar, en cuyo misterio se representan las siete palabras, jugué con la literalidad de las mismas, los personajes del misterio, la advocación del Señor, que es una constante, y su barrio (pescar, saetas) y Parroquia (San Roque). El resultado es un texto con rima asonante, predominancia de versos octosílabos y un recorrido palabra a palabra que termina siendo circular, pues el final nos devuelve al principio. No hace falta decir que es un texto pensado para su oralidad y que, además, creo que pedía una lectura viva a la que renuncié por no ser el rol que me correspondía, intentando llevármela a un tono más introspectivo que, por supuesto, se me da mal. Dejo el texto por aquí, ya que le he cogido cariño en estos días.

Tu primera palabra, Señor,
me sabe a sal
A la sal de mis salinas
a la sal que sala el mar
a la sal de tus palabras
con la que quieres perdonar
a quien te hiere de muerte
pues no sabe lo que hará

Tu segunda palabra
me sabe a sal
a sal en tus heridas
a sal, que hoy estarás
conmigo en el paraíso
cuando vuelvas a despertar
buen ladrón canonizado
Misericordia, Señor, piedad

Tu tercera palabra
me sabe a sal
Y le dices a tu madre
que mire a San Juan
y que también es madre suya
y de todos los demás
yo no sé qué estás pensando
yo no sé qué decir más
Ay, tus lágrimas, María
yo las querría secar
lloras lágrimas saladas
a la vera de su mar

Tu cuarta palabra
me sabe a sal
y me duele cuando exclamas
y al cielo imploras ya
y le gritas a tu padre
“Dios mío, ¿dónde estás?
¿por qué me has abandonado
en este trance fatal?”

Tu quinta palabra
me sabe a sal
y para saciar tu sed de vida
te ofrezco todo un mar
de oleajes reprimidos
con su espuma color cal
en la bahía de San Roque
tomo tu red, voy a pescar

Tu sexta palabra
me sabe a sal
y ya todo está cumplido
ya se acerca tu final
y ahora que llega tu hora
y te entregas por amar
no soy digno de tocarte
y me inclino ante tu altar
donde eres pan de vida
donde eres lienzo y eres paz

Tu séptima palabra
me sabe a sal
y ya te vas con el Padre
a tu espíritu entregar
y se raja en dos el cielo
y el templo por la mitad
y miramos a María
y la queremos abrazar
en silencio, compungidos
las saetas callan ya

Tus siete palabras, Señor,
me saben a sal
y te veo en cruz clavado
donde te he visto expirar
y pareces derrotado
pero tu sino es ganar
yo sé bien que al tercer día
te vuelves a levantar
Magdalena es testigo
de tu triunfo y majestad
y entonces podré decirlo
—no me voy a equivocar—
que la sal que me traías
al verte crucificar
no era más que sal de vida
Tu sal, Cristo del Mar



jueves, 19 de febrero de 2026

Reloj de ceniza

            Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 18 de febrero de 2026, Miércoles de Ceniza

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

El miércoles de ceniza, que hoy celebramos, marca un hito temporal en el pulso del año para muchos de nuestros conciudadanos. El reloj de arena de la Cuaresma se da hoy una nueva vuelta para comenzar su vieja cuenta atrás. Serán cuarenta días hasta ese domingo de niños y palmas que llamamos de Ramos.

Forma parte de nuestra liturgia cultural, la que tenemos cada vez más abandonada, esto de ir a la Iglesia a recibir un manchurrón de ceniza en la cabeza -frente o pelo, depende de quién la dispense- y a que nos digan aquello de “recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”. Aunque a los cofrades nos guste vivirla, la Cuaresma sigue siendo un tiempo para la preparación a través de la penitencia. Por eso, aunque en peores plazas podamos torear, yo me resisto a la frase de marras de “feliz Cuaresma”. Ya felicitaremos la Pascua.

El caso es que comienzan los días a alargarse. Que sí, que lo vienen haciendo desde hace unas semanas, pero a estas alturas ya es algo evidente. Pronto explotarán de azahar los naranjos de la ciudad y empezaremos a ver capirotes por las calles, cuadrillas de costaleros ensayando, ir y venir de trajeados hacia las iglesias… la ciudad activa una de sus mejores caras coincidiendo con este miércoles, que es su pistoletazo de salida. En este día en que la ciudad empieza a respirar sus ansias de primavera, no puedo evitar acordarme de don Rosendo, quien fuera el obispo de mi infancia, cuando decía aquello de que qué gracia tendría dejar de comer carne para comer marisco. Y no le faltaba razón.

Vendrán los días, con borrascas o sin ellas, donde el casco histórico de Almería, carente de otros rostros, se llenará de cofrades caminando de un sitio a otro. Transportando enseres, preparando altares, respirando incienso. Incluso pasarán junto a nosotros coches que habrán cambiado el reggaetón, o la canción de moda, por sonidos de cornetas y tambores.

No estará de más reconocerles a estos jartibles irredentos ese afán tan suyo por darle brillo a lo común, mientras el resto nos refugiamos del frío o del viento en la intimidad del hogar. Volverán, pues, como las oscuras golondrinas de Bécquer, a ser los amos y señores de calles poco transitadas de las que solo ellos, y sus vecinos, conocen el nombre. Es su forma de pasar estos días de sacrificio: regocijándose en él y preparando, porque a ellos les toca, el reventón de la primavera.


jueves, 12 de febrero de 2026

No se detiene

           Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 11 de febrero de 2026

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.


Hace unas semanas, leíamos en prensa que los científicos han descubierto que el tiempo fluye de manera diferente en Marte (Mars can wait). Mi conclusión es clara: no había que irse tan lejos. 

El tiempo fluye de diferentes maneras en distintas circunstancias. ¿Acaso fluían aquellos interminables, pero maravillosos, veranos de la infancia del mismo modo que fluyen ahora las semanas laborales? El suspiro que va del lunes al viernes es tan distinto a aquellos lejanos días, que asusta. Y es verdad que, en general, tendemos a pensar que el tiempo disfrutado va mucho más rápido que el otro, pero no es menos cierto que el tiempo ocupado, que es como andamos siempre ahora, no corre: vuela.

Es curioso que del paso del tiempo nos hacemos más conscientes en los demás que en nosotros mismos, ¿no les parece? En los niños que crecen, en las personas que ya no están. Al menos a mí me pasa que me encuentro congelado en el tiempo: me miro en el espejo y me veo igual: a fin de cuentas, son los mismos ojos los que me devuelven la mirada. Poco importa que la barba se tiña de blanco o que alguna arruga en la mueca me acompañe un rato más. Y con mi círculo más estrecho me ocurre lo mismo: mis padres, mi mujer, mis amigos: nos congelamos en el tiempo en algún momento. 

Afortunadamente, hay chasquidos que nos despiertan de esa ensoñación: los cumpleaños redondos (este año en mi familia más cercana nos toca a cuatro; y a uno más en el recuerdo), los aniversarios de acontecimientos o el típico momento en la televisión en el que alguien recuerda que David Bisbal pasó por Operación Triunfo hace… ¡casi 25 años! Y digo “afortunadamente” porque, de lo contrario, viviríamos en un constante aplazamiento de las cosas que, a cualquiera, priva de demasiadas vivencias. A menudo, es necesario meterle un chispazo a la vida, fijar un hito en la propia biografía, plantarse en el presente.

Eso sí: viajar a Marte, por ahora, está complicado. Y por si la distancia nos parecía poco, ahora sabemos que nos podría generar un verdadero lío temporal. El caso es que no está fácil y está bien que sea así: tal vez baste con asumir que el tiempo no se estira, ni se domestica. Que pasa. Y que, mientras pasa, conviene no aplazarlo todo, no vivir como si siempre hubiera un después disponible, un mañana asegurado.

Como de costumbre, esos locos romanos tenían razón: tempus fugit, memento mori.


jueves, 5 de febrero de 2026

Liliana

                 Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 4 de febrero de 2026

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

El pasado jueves, en el funeral de la dignidad celebrado en Huelva en memoria de las víctimas de la tragedia ferroviaria de Adamuz, se erguía una nueva figura como referente a tener en cuenta por millones de ciudadanos. En medio de la desgracia, ya habíamos descubierto a Julio Rodríguez, como tantos otros vecinos del pueblo cordobés, ayudando a los heridos como si les fuera la vida en ello. Pudimos conocer también a Fidel Sáenz, gritando a los cuatro vientos que Huelva no podría conformarse con un funeral laico o lo que sea que fuera aquello que se quisiera hacer desde el Gobierno. Y en el funeral religioso, el que las víctimas han acogido como el de verdad, emergió como un titán la figura de Liliana Sáenz.

Fue el viernes cuando corrió como la pólvora, de móvil en móvil, el emocionado discurso de esta auténtica señora en el funeral en el que, de una u otra forma, todos nos hicimos presentes. Con serenidad inexplicable, con firmeza atronadora y con la dignidad que le otorga el hecho de ser hija de una mujer que perdió la vida en aquel maldito tren, Liliana tomó la palabra para pedir que se esclarezca la verdad; para, con un tacto y una elegancia muy especiales, definir a unos y otros ante la tragedia; para recordar —como ya había hecho su hermano anteriormente en televisión— que Huelva es tierra católica y, especialmente, mariana. En su intervención, que tan claramente bebía de las ricas y poco transitadas aguas del pregón cofrade, había fe, dolor, emoción y verdad.

Y es que en la verdad está la clave de unas palabras que sonaron y resonarán entre quienes han sentido en sus carnes todo lo acontecido en los últimos días. Porque esa serenidad no tiene mayor explicación que una fe verdaderamente enraizada en el corazón de Liliana, en el recuerdo de su madre, en la mano de su hermano. Y, hablando de todo un poco, qué ejemplos de fe encontramos a veces cuando damos voz a los laicos, que no todo el conocimiento y las vivencias viven en la jerarquía. Que no le discuto yo su sitio —Dios me libre—, pero que está bien escuchar a los demás, dejarles un rato el micrófono, bañarse en la fuente de las experiencias y las emociones que Dios y María saben labrar en los corazones que se les abren desde la sencillez. Porque siempre decimos que Dios lo sabe todo… pero, ay, quien sabe de esto como nadie es su madre. Se llame de la Cinta, del Rocío o del Mar.


jueves, 29 de enero de 2026

Julio en enero

                Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 28 de enero de 2026

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

Se va despidiendo el primer mes del año. Un mes que alguien, en la sala de máquinas de quienes manejan los hilos de nuestro tiempo, decidió que sería el mes de Julio Iglesias. La sacudida mediática provocada por sus supuestos desmanes fue tremenda. Abrió informativos, ocupó tertulias, protagonizó portadas y nos tuvo, en fin, más que entretenidos. Las noticias sonaban francamente mal y, al intercalarse con imágenes otrora simpáticas del español más internacional, el juicio de la opinión pública no tardó en caer sobre él. Y, sin embargo, fueron muchos los que vieron en la tremenda escalada del asunto una más que interesada estrategia política para distraer, como siempre, al pueblo.

Han sido los terribles accidentes ferroviarios de Córdoba y Cataluña los que han terminado por desplazar a Julio Iglesias de la actualidad. Y fue en el primero de éstos, una desgracia absolutamente sobrecogedora, en el que ha emergido la figura de un nuevo Julio: Julio Rodríguez, el ángel de Adamuz. Hemos sabido de él por toda la ayuda que brindó a los heridos en los primeros instantes de las labores de auxilio. Con 16 años recién cumplidos, nos regala un ejemplo impactante de valores... y agallas. Emociona especialmente ese vídeo de Canal Sur en el que el padre de un niño herido reconoce en Julio a la persona que ayudó a su hijo en aquel trance.

No está de más que, durante unos días, pongamos el foco en este Julio y no tanto en el otro, o en Ábalos, o en Mazón, o en Pedro Sánchez. Con personas como Julio Rodríguez se construye un país que merece ser vivido, mientras los otros no paran de destruirlo, hasta el punto de sumirnos en una decadencia constante que, quisiera creer, no nos merecemos. Duele.

Desde hace unos años, he tenido la suerte de conocer mejor la historia de Ignacio Echeverría, el héroe del monopatín, otro grandísimo ejemplo de joven que, con apenas 39 años, entregó su vida intentando rescatar la de otros. Fue en Londres, seguro que lo recuerdan. Leer el libro de su padre, Joaquín, ayuda a entender los mecanismos que hacen que personas como éstas, extraordinarias, den lo mejor de sí por intentar ayudar a los demás.

Son ejemplos, grandes héroes que, además, lo viven con una interesantísima humildad. En esta era del postureo constante, consuela encontrar historias como éstas entre la maleza. Es como colar un oasis de la calidez de julio en el frío de este expirante enero.