Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 22 de abril de 2026.
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La ristra de cancelaciones e importantes retrasos que viene
acumulando el vuelo que une Almería y Sevilla en las últimas semanas vuelve a
poner el foco sobre nuestras comunicaciones con el resto del mundo. Y es que
pasan los años, pero la vida sigue igual. Y lo cierto es que los almerienses
tampoco nos levantamos en armas, precisamente. Vivimos en esa resignación a la
que tanto nos han acostumbrado.
Con líneas de tren y avión absolutamente disfuncionales, llegamos
a la conclusión de que Almería es, prácticamente, una isla. No solo está en una
esquina geográfica del mapa español, sino que está poco o mal unida con las capitalidades
que más le podrían afectar, como son Sevilla y Madrid. Si a ello le sumamos
cancelaciones recurrentes, retrasos habituales y sobrecostes constantes, la
cuestión es desmoralizante, da igual por dónde se mire.
Quizás Ayuntamiento y Diputación deberían plantearse una
concejalía o un área de insularidad. Igual que tenemos las propias de
despoblación rural o de agricultura, podríamos tener a personas competentes
ocupadas a fondo en esta materia que ya es de máxima preocupación para todos.
Salir de Almería a cualquier sitio es una aventura; y esta rémora la padecen
tanto ciudadanos como empresas, que llevan el motor gripado. Perdemos capacidad
de movernos, de influir, de posicionarnos.
Imaginen que Cristóbal Cervantes, que viene reclamando
públicamente solución a este problema desde Sevilla, fuera nuestro Diputado
provincial de insularidad. Podría teletrabajar desde Sevilla, tratar de
presionar allí, desplazarse a Madrid cuando fuera necesario —desde Sevilla lo
haría con mucha más facilidad que desde Almería— y podría calentarle la
cabeza a quien corresponda, ya sea a ministros o a los jerifaltes de
Iberia, Aena, Renfe, Adif…
En fin, pobre Cristóbal, en menudo berenjenal se iba a
encontrar. El caso es que él es una de las voces más reconocidas que hacen
ruido con este asunto que, por otro lado, a nuestros políticos y
representantes, que lo sufren en parte, parece importar poco. O será que pesan
más otros intereses. Con lo fácil que debería ser tener gobernantes que
atendieran a los problemas de su pueblo y no a los de su partido.
Quienes sí que llegan puntualmente a nuestra costa y, por
tanto, a nuestra provincia, son las narcolanchas y las pateras. La línea
invisible que nos une a lo mejor del Norte de África sí funciona. Qué panorama.