Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 19 de agosto de 2026.
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Ahora que la gratitud no está
precisamente de moda, hay que poner el acento en lo bien que suena un “gracias”
cuando se percibe sincero y, más aún, cuando viene acompañado de una sonrisa.
Vivimos en un mundo donde cada
vez más tendemos a creer que acumulamos derechos, olvidando que también hay unos
deberes que hemos de cumplir; o que nuestros derechos deben convivir de manera
equilibrada con los derechos de los demás. Tantos derechos creemos que tenemos,
que aquello que se nos da o facilita pensamos, sin más, que nos corresponde. De
ahí que a la hora de dar las gracias seamos perezosos, cuando no meramente
formalistas. Un agradecimiento de verdad es algo que trasciende al protocolo,
al mero deber, para convertirse en una sencilla pero hermosa experiencia.
Un pensamiento bien extendido
entre quienes dan poco las gracias es aquello de que nadie debería hacer algo
buscando agradecimiento. Esto es una especie de resorte que se lanza casi de
manera automática cuando se afea la conducta de no dar las gracias, como para dejar
claro que el egoísta es quien espera gratitud y no quien ha recibido cualquier
favor. No es más que una trampa retórica. No puede ser incompatible hacer las
cosas simplemente porque resulten lo correcto o lo mejor, con al mismo tiempo
esperar o agradecer, valga la redundancia, un mínimo reconocimiento o un atisbo
de gratitud.
Dar las gracias implica reconocer
que alguien se ha detenido por nosotros, que ha dedicado tiempo, atención o
esfuerzo a facilitarnos el camino. Y eso, en una sociedad empeñada en
convertirlo todo en obligación ajena, es algo que tiene un profundo valor. La
gratitud nos recuerda que dependemos de los demás mucho más de lo que creemos
y, probablemente, mucho más de lo que estamos dispuestos a admitir.
Se agradece poco al camarero que
sirve con amabilidad, al compañero que resuelve un problema que no era suyo, al
familiar que siempre está disponible o a quien nos tiene siempre presentes. En
nuestro radar, cada uno tenemos muy presente lo que nosotros mismos hacemos, pero
¿tenemos también en cuenta lo que hacen los demás? ¿O nos limitamos a darlo por
sentado? A fuerza de repetirse, los favores se convierten en costumbre; y la
costumbre, peligrosamente, termina pareciéndonos una obligación. Qué poco
cuesta ser agradecido. Y qué bien sienta.