Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 1 de julio de 2026.
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A la madre del futbolista de nuestra selección, Fabián Ruiz, le pusieron subtítulos en un documental de TVE y se armó un cierto revuelo. Parece que al propio Fabián no le hizo mucha gracia y, por supuesto, a Manu Sánchez, tampoco. Yo no he visto el documental, que dirá usted que mal empezamos si vengo a opinar de algo que no he visto, pero yo no vengo a hablar tanto del documental como del lío, no sé si se me entiende. Porque todo esto va un poco de eso, de lo que se entiende o no se entiende, con mayor o menor facilidad.
A mí no me molesta esto de los subtítulos. Ni como andaluz ni como almeriense. Es verdad que los almerienses, al menos los de la capital, no somos gentes con acento habitualmente fuerte o difícilmente entendible, somos más de un acento gracioso, de un “recuerdas a Bisbal”, de un “esto es increíble”. Pero si los posibles espectadores de Valladolid o Logroño pueden necesitar subtítulos para entender a la madre de Fabián, hágase. Yo quiero subtítulos de vuelta para entender a algunas personas de Galicia, de Asturias… porque, sí, me cuesta. Y, sin ir más lejos, si me subtitulan el Carnaval de Cádiz, mejor que mejor, que me pierdo las gracietas y al final dejo de verlo. De esto último es mejor que no se entere Manu Sánchez, “El Perro Andaluz”, que creo que a estas alturas ha hecho negocio de su bandera, que bien podría haber sido también la mía.
Porque ser orgullosamente andaluces no nos debería cegar ante algunas de nuestras características: el problema no es necesitar subtítulos, el problema es que hay quien nos considere de más o de menos por lo cerrado que pueda ser nuestro acento. Nada más lejos de la realidad y ejemplos hay de sobra. Porque en el ars vivendi y en lo que es el arte, en general, nadie tose a Andalucía. Que me subtitulen y tomen buena nota.
También hay cosas que vemos en televisión, que entendemos perfectamente y que, precisamente por ello, necesitaríamos subtítulos de otra clase para confirmar su veracidad. Casi seguro que a usted le pasa como a mí: cuando el otro día escuchábamos a Patxi López eso de “¡Yo, con Begoña!”, veíamos la cara del marido de Begoña… y algo no cuadraba. Entendíamos la literalidad de las frases, sin ser capaces de comprender en qué delirio andaba Patxi en ese momento. ¡Qué hemeroteca la de P. S. y sus compañeros de viaje!
Los subtítulos no tienen por qué sobrar; lo que falta es una carga de sentido común.