El pasado mes de diciembre, Juan Carlos I publicaba sus memorias bajo el título de “Reconciliación”. Más interesante, si cabe, que el libro en sí, me parece el hecho de que todo un monarca escriba sus memorias a fin de sellar una especie de paz con su pueblo y limpiar su nombre, colocando donde corresponde su papel en la transición española, etc. Si pensamos en el concepto histórico de monarquía, nos encontramos sin duda ante un cambio de paradigma en el que al propio rey le importa la opinión, al menos colectiva, de sus súbditos. Si pensáramos en Felipe II, imagino que nos hubiera dicho que a él únicamente le importaba el juicio de Dios. Jugar a imaginar.
Sostenía el emérito que publicaba estas memorias porque
sentía que se habían apropiado de su historia, que se la habían robado
tergiversándola y, en definitiva, contándola mal. Como canta El Taiger, “así
que tu historia está mal contá”. Monarquía y reggaetón en un mismo texto, hay
para todos.
El caso es que tiene razón Juan Carlos en que, a veces, hay
que poner pie en pared, porque en este mundo donde pesa tanto “el relato”,
demasiadas veces los unos intentan hacerse pasar por los otros o, incluso, los
verdugos juegan a parecer las víctimas. Yo no descarto autobiografiarme algún
día. ¿Que tendría poco interés? Seguro. Pero convivir mucho tiempo con
historias mal contadas es difícil.
Cuando uno conoce su trayectoria, sus hechos, no siempre es
de recibo que se le imputen los opuestos. Por eso, una autobiografía no es
necesariamente una cuestión de vanidad. Muchas veces es una cuestión de
responsabilidad con uno mismo y con quienes le rodean. Por supuesto, no hace
falta que sea un libro publicado por Planeta. Hoy puede ser una publicación en
redes sociales, una carta o una conversación seria y recapitulativa sobre lo
que merece ser matizado o corregido.
Lo vemos en política y en demasiados ámbitos: el relato es
importantísimo. Y es cierto que “dato mata a relato”, pero muchas personas
necesitan algo más. Como no siempre basta con ser coherente y ejemplar, sino
que hay que hacer una labor de constancia o de verbalización de según qué
cosas. Escribo esto acaso me pueda servir a mí mismo de recordatorio, pues
demasiadas veces lo fío todo a la ejemplaridad, la coherencia y los hechos,
despreciando el relato. Haré mío el lema de nuestra Hermandad de los
Estudiantes, “veritas liberabit vos”. La verdad os hará libres.