Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 18 de febrero de 2026, Miércoles de Ceniza
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El miércoles de ceniza, que hoy
celebramos, marca un hito temporal en el pulso del año para muchos de nuestros
conciudadanos. El reloj de arena de la Cuaresma se da hoy una nueva vuelta para
comenzar su vieja cuenta atrás. Serán cuarenta días hasta ese domingo de niños
y palmas que llamamos de Ramos.
Forma parte de nuestra liturgia
cultural, la que tenemos cada vez más abandonada, esto de ir a la Iglesia a
recibir un manchurrón de ceniza en la cabeza -frente o pelo, depende de quién
la dispense- y a que nos digan aquello de “recuerda que polvo eres y en polvo
te convertirás”. Aunque a los cofrades nos guste vivirla, la Cuaresma sigue siendo
un tiempo para la preparación a través de la penitencia. Por eso, aunque en
peores plazas podamos torear, yo me resisto a la frase de marras de “feliz
Cuaresma”. Ya felicitaremos la Pascua.
El caso es que comienzan los días
a alargarse. Que sí, que lo vienen haciendo desde hace unas semanas, pero a
estas alturas ya es algo evidente. Pronto explotarán de azahar los naranjos de
la ciudad y empezaremos a ver capirotes por las calles, cuadrillas de
costaleros ensayando, ir y venir de trajeados hacia las iglesias… la ciudad
activa una de sus mejores caras coincidiendo con este miércoles, que es su
pistoletazo de salida. En este día en que la ciudad empieza a respirar sus
ansias de primavera, no puedo evitar acordarme de don Rosendo, quien fuera el obispo
de mi infancia, cuando decía aquello de que qué gracia tendría dejar de comer
carne para comer marisco. Y no le faltaba razón.
Vendrán los días, con borrascas o
sin ellas, donde el casco histórico de Almería, carente de otros rostros, se
llenará de cofrades caminando de un sitio a otro. Transportando enseres,
preparando altares, respirando incienso. Incluso pasarán junto a nosotros
coches que habrán cambiado el reggaetón, o la canción de moda, por sonidos de
cornetas y tambores.
No estará de más reconocerles a
estos jartibles irredentos ese afán tan suyo por darle brillo a lo común,
mientras el resto nos refugiamos del frío o del viento en la intimidad del
hogar. Volverán, pues, como las oscuras golondrinas de Bécquer, a ser los amos
y señores de calles poco transitadas de las que solo ellos, y sus vecinos,
conocen el nombre. Es su forma de pasar estos días de sacrificio: regocijándose
en él y preparando, porque a ellos les toca, el reventón de la primavera.