jueves, 29 de octubre de 2026

Autobiografiarse

El pasado mes de diciembre, Juan Carlos I publicaba sus memorias bajo el título de “Reconciliación”. Más interesante, si cabe, que el libro en sí, me parece el hecho de que todo un monarca escriba sus memorias a fin de sellar una especie de paz con su pueblo y limpiar su nombre, colocando donde corresponde su papel en la transición española, etc. Si pensamos en el concepto histórico de monarquía, nos encontramos sin duda ante un cambio de paradigma en el que al propio rey le importa la opinión, al menos colectiva, de sus súbditos. Si pensáramos en Felipe II, imagino que nos hubiera dicho que a él únicamente le importaba el juicio de Dios. Jugar a imaginar.

Sostenía el emérito que publicaba estas memorias porque sentía que se habían apropiado de su historia, que se la habían robado tergiversándola y, en definitiva, contándola mal. Como canta El Taiger, “así que tu historia está mal contá”. Monarquía y reggaetón en un mismo texto, hay para todos.

El caso es que tiene razón Juan Carlos en que, a veces, hay que poner pie en pared, porque en este mundo donde pesa tanto “el relato”, demasiadas veces los unos intentan hacerse pasar por los otros o, incluso, los verdugos juegan a parecer las víctimas. Yo no descarto autobiografiarme algún día. ¿Que tendría poco interés? Seguro. Pero convivir mucho tiempo con historias mal contadas es difícil.

Cuando uno conoce su trayectoria, sus hechos, no siempre es de recibo que se le imputen los opuestos. Por eso, una autobiografía no es necesariamente una cuestión de vanidad. Muchas veces es una cuestión de responsabilidad con uno mismo y con quienes le rodean. Por supuesto, no hace falta que sea un libro publicado por Planeta. Hoy puede ser una publicación en redes sociales, una carta o una conversación seria y recapitulativa sobre lo que merece ser matizado o corregido.

Lo vemos en política y en demasiados ámbitos: el relato es importantísimo. Y es cierto que “dato mata a relato”, pero muchas personas necesitan algo más. Como no siempre basta con ser coherente y ejemplar, sino que hay que hacer una labor de constancia o de verbalización de según qué cosas. Escribo esto acaso me pueda servir a mí mismo de recordatorio, pues demasiadas veces lo fío todo a la ejemplaridad, la coherencia y los hechos, despreciando el relato. Haré mío el lema de nuestra Hermandad de los Estudiantes, “veritas liberabit vos”. La verdad os hará libres.

jueves, 22 de octubre de 2026

Sin focos

Los logros que se consiguen en la parcela deportiva vienen muchas veces revestidos de una épica innegable por evidente, por hermosa y por admirable. Las grandes remontadas, los grandes hitos o los grandes desafíos deportivos causan admiración. Este pasado fin de semana, con ocasión de la Desértica, he podido vivir de cerca la épica del ganador pues ha sido un primo hermano de mi mujer quien ha ganado la prueba en la categoría de marchadores. Florentino Manuel Romero Urquiza quedó segundo el año pasado y en 2026 ha batido el récord de la carrera con un registro estratosférico.

Pero la vida está llena de personas que en su día a día consiguen méritos excepcionales que, al carecer de épica y revestirse de cotidianeidad, pasan totalmente desapercibidos. El mundo está lleno de gente enfocada en completar su primera maratón, en terminar la Titan Desert o en levantar más kilos en su próxima competición, y todo ello es extraordinario, pero qué poco valoramos a los que un día deciden emprender o a los que cada día sostienen un hogar con su sacrificio. Qué mérito tiene sacar adelante una casa con niños o con mayores. Qué mérito tiene montar un día un negocio y, treinta años después, haberlo consolidado y seguir al frente del mismo.

En cada momento, podemos encontrarnos ante nuestra propia Desértica: un problema de salud, un nuevo proyecto profesional que supone un reto… y no siempre hay reconocimiento, ni apoyo, ni comprensión. Solemos despreciar los esfuerzos del día a día porque los damos por hecho, porque “es lo que toca” o “es lo que hay”. Con los futbolistas siempre pensé que su trabajo no es jugar los partidos, ése es el premio. Su trabajo es ir a entrenar cada día siguiendo las instrucciones de sus entrenadores: no hay focos, no se escucha a la afición jaleando, no sientes al rival apretando… en esos espacios donde la exigencia opera en un margen que es, realmente, el que tú te marcas. Ahí es donde, sin épica, se construyen las grandes historias.

Pienso nuevamente en Florentino y llego a una conclusión similar: la épica y la alegría están en ganar la Desértica, sí; pero qué mérito tiene y qué difícil es prepararse para ello, que es la clave. Qué jodidos son esos días en los que sales a correr o vas a entrenar sin que te apetezca lo más mínimo. Y sin que nadie te celebre.

jueves, 15 de octubre de 2026

Fuerza, luciérnagas

Nuestra provincia se prepara para vivir, este sábado, una de sus grandes citas anuales: la octava edición de la Desértica. Esta prueba deportiva, organizada por la Legión, llena de color y deporte a la propia capital y a todos los municipios por los que discurre.

A mí, que estoy a otras cosas, me da vértigo simplemente pensar en los kilómetros con que cuenta el recorrido: unos 71 para marchadores a pie, 110 para los ciclistas que no llevan más motor que sus piernas y sus pulmones y hasta 120 para quienes usan las modernas bicicletas eléctricas. Pero la gracia de esta carrera no está tanto en la distancia a recorrer como en el propio recorrido: duros repechos, técnicas bajadas y un paisaje árido en el que agradecer el calor de vecinos y voluntarios a lo largo del trayecto.

La salida, ya lo saben, se produce desde la Avenida Federico García Lorca de la capital y la llegada se efectúa en Roquetas de Mar, en el Parque de Los Bajos. Por el camino, Viator, los baños de Sierra Alhamilla, Pechina, Alhama, Enix… Poca broma, como se suele decir.

Quien más y quien menos, ya conoce el reguero de luciérnagas que, a la noche y desde Aguadulce, el Parador o Roquetas, se ve descendiendo desde la montaña que sube hasta Enix. Es uno de esos momentos en los que el espectador puede tomar conciencia de la dureza del reto, cuando la noche es ya oscura y podemos echar cuentas de las horas que llevan en movimiento esas lejanas linternas que partieron de Almería a las ocho o las nueve de la mañana para llegar a meta bien entrada la noche.

Si bien la prueba no suele estar protagonizada por deportistas profesionales, la realidad es que los primeros en llegar de cada categoría son personas seriamente preparadas para ello, que pondrán el próximo sábado la guinda a largos meses de entrenamiento. Abundan también los amateurs que, con entrenamientos mucho más modestos, ponen a prueba sus piernas, su corazón y, muy especialmente, su cabeza. Están quienes lo hacen con ánimo competitivo, los que lo hacen por diversión, por afán de superación o sujetos a algún reto o promesa. Estos últimos son mis favoritos, pues es verdaderamente emocionante ver cómo se embarcan en una aventura así por superar alguna adversidad o aferrados a un amor que ya se viste de recuerdo. Vaya toda la fuerza y todo el ánimo para todos los que han decidido asumir el reto de recorrer nuestro entorno a lomos de la Desértica. 

jueves, 8 de octubre de 2026

Una mili natural

La llegada del otoño nos pone sobre la pista del pausado pero firme caminar de la naturaleza. Sigue haciendo calor, pero van llegando las lluvias. Nos gustaría que fueran más suaves, que tamizaran el paisaje como una especie de rocío sordo, pero demasiadas veces bajan reclamando para sí las ramblas que llenamos de desechos. El paisaje va cambiando del verde al ocre, para llegar a los naranjas y marrones. Los ciervos, con sus bramidos, se lo han recordado también a quienes han dejado de mirar al horizonte.

Y es que Almería, tan de playa y de verano, tan del desierto y del Cabo de Gata, conserva otros pulsos en sus sierras, donde es frecuente cruzarse con jabalíes, ciervos, cabras, perdices. No abundan como en Cazorla o en Gredos, pero esas especies cinegéticas tan clásicas de nuestro país están también entre nosotros, enriqueciendo nuestro entorno con esa belleza tan suya, que acaso nos pareciera exótica, en el corazón de nuestra provincia.

La naturaleza, a su manera y con o sin cambio climático, sigue su curso por más que nosotros nos hayamos separado de su camino. Tiene gracia que esto lo diga un urbanita convencido, pero a veces basta con mirar alrededor y observar. Hemos olvidado los cambios propios de las estaciones, no nos afecta cuál sea la fruta de temporada porque casi siempre hay de casi todo, no sabemos a qué hora amanece ni la luna que nos acompaña cada noche. Comemos cosas que no sabemos de qué están hechas pero saben bien y nos las preparan en un periquete y para llevar.

Uno de los síntomas que más me llama la atención de esa separación que mantenemos con la naturaleza tiene que ver con el sueño. Vivimos alargando las noches, ya sea por ocio o por obligación, e intentamos conciliar el sueño tantas veces a deshoras. Es cada vez más normal ver a chavales tomando bebidas energéticas para mantenerse despiertos en cualquier momento del día. Los adultos somos algo más clásicos en ese sentido y, en demasiadas ocasiones, abusamos del café. Por la noche, en cambio, muchos necesitan pastillas para poder dormir.

Quizás necesitemos no solo que vuelva la mili, sino que ésta incluya una estancia de al menos un mes en un pueblo. Contemplando amaneceres y anocheceres, escuchando el campo, conociéndolo, recorriéndolo, aprendiendo de quienes habitan y conservan el medio rural y desconectándonos, aunque sea por unas horas al día, de la corriente digital dominante.

jueves, 1 de octubre de 2026

Lo firma un abogado

Leo en el Diario que Educación ha tenido que abrir un nuevo plazo para cubrir 7.285 plazas vacantes de Formación Profesional en Andalucía; entre las familias con más huecos aparecen Administración y Gestión, Hostelería y Turismo, Informática, Agraria y Servicios Socioculturales. En un entorno económico donde muchísimos jóvenes viven dificultades para encontrar el trabajo que desean y, al mismo tiempo, los empresarios nos pasamos los días quejándonos también de lo que nos cuesta encontrar personas preparadas para impulsar nuestras empresas, la noticia es llamativa.

A vueltas con el texto de la semana pasada, en el que escribía sobre la crianza de nuestros hijos y algunas de sus aristas y bondades, el tema de la educación no es un asunto menor. Además, entronca directamente con ese mundo cambiante del que les hablaba. 

Con la llegada de la Universidad a todas nuestras provincias y la democratización que ha vivido el acceso a ella, nos encontramos con un volumen de titulados universitarios que el mercado es incapaz de absorber haciendo coincidir formación y empleo. Y es que, además, para muchos puestos de trabajo la formación profesional ofrece una capacitación más enfocada a lo que solemos llamar vida real que la propia formación universitaria, que tantas veces se pierde en lo teórico.

Hace diez, veinte, treinta años parecía mucho mejor idea para nuestros hijos que estudiasen Derecho a que fuesen fontaneros. Hoy, le das una patada a una piedra y te sale un titulado en Derecho y si necesitas un fontanero en casa ponte en lista de espera porque igual hasta la próxima semana no es posible. Lo firma un abogado. Esto se puede extender a muchos oficios y basta seguir un poco la prensa para conocerlo: sectores como la construcción, la hostelería o el transporte no saben ya dónde ir a buscar a los profesionales del futuro… y del presente. Mientras tanto, son muchas veces los titulados universitarios los que terminan ocupando esos puestos, en un sorprendente pero necesario giro del destino.

Y a este panorama súmele usted la omnipresente inteligencia artificial. Que yo no sé lo que va a hacer con los profesionales del Derecho: quizás nos haga más productivos o quizás arrase con nosotros. Pero cuando haya que cambiar un grifo en casa, por más que intente explicarme cómo hacerlo, estoy seguro de que al final me tocará esperar a que venga el fontanero.


jueves, 24 de septiembre de 2026

Mientras crecen

Hace unas semanas, unos de esos amigos a los que puedes considerar prácticamente de la familia, nos regalaron un retrato de mis tres hijos. Como los pequeños son muy pequeños y la foto en la que se basó la autora había sido tomada unos meses antes, no pude dejar de sorprenderme por lo rápido que van cambiando y creciendo.

Ahora que el curso académico va cogiendo su velocidad de crucero y las rutinas poco a poco se irán asentando en nuestras casas, nuestras vidas volverán a ser aparentemente anodinas; casi impropias de Instagram. Como nos pasa a casi todos los que estamos en este momento de nuestras vidas en el que entre el trabajo y la crianza de los hijos vivimos sin horas, sin tiempo. Somos auténticos pollos sin cabeza intentando robarle segundos al reloj para hacer, además, todas esas cosas que hoy en día parece que tenemos que hacer: deporte variado, compra saludable, dieta mediterránea, escapadas para dos, salidas con amigos, lectura de calidad, aprendizaje continuo, cuidado de la espiritualidad… La lista es interminable. Tanto, que se convierte en una lucha constante en la que nos vamos cargando de un estrés que, precisamente, con nuestros hijos termina disparándose muchas veces.

En ese ir y venir apresurado, nuestra prioridad siguen siendo los mismos que nos sacan de quicio. Pensando en su felicidad de hoy y de mañana y también en su salud… andamos a broncas con ellos hasta que, cuando menos lo esperamos, nos desarman. Porque al final del día la magia está ahí. Toda esa carga emocional y hasta física que nos suponen, también son capaces de aliviarla con la mayor naturalidad:  con un abrazo, con una mirada de admiración o apoyando su cabeza en nuestro hombro.

Hay otras vidas más cómodas, lo creo firmemente, pero no hay otras vidas mejores que la que nuestros hijos nos brindan. Verlos crecer, aprender, desarrollarse… ver esas cosas en las que se parecen a uno mismo; a veces virtudes, a veces defectos.

Siempre serán nuestro proyecto más delicado. Especialmente, cuando vemos el mundo al que los lanzamos: complejo, cambiante e incierto. Ojalá supiéramos con certeza cuál es la mejor preparación para ellos, si bien cada día estoy más convencido de que lo esencial serán unos valores sólidos, una personalidad fuerte y una verdadera autonomía. Que sean, en fin, lúcidos e independientes, desde la bonhomía. Con esos mulos tendrán que arar. Y nosotros que los veamos.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Viva Juan Vivas

La visita del presidente de Ceuta, Juan Vivas, al Hormiguero refuerza la impresión que me había hecho sobre él. Y es que Ceuta y Melilla están ahí, muy cerca de Andalucía, pero a una inevitable distancia. Seguramente por ello, hasta ahora, no le había prestado más atención a Juan Vivas de la que habré prestado, por ejemplo, al alcalde de Jaén. Pero ahora que todos hemos puesto la mirada en esta ciudad al sur de España y norte de África, no puedo evitar ver en Juan Vivas a un tipo sosegado, respetuoso y capaz de llevar sobre su espalda la dignidad de todo un pueblo. Y no de un pueblo cualquiera, sino del dignísimo pueblo de Ceuta.

Este señor se ha encontrado una situación que quizás tenía por posible, pero con matices que le hubieran resultado increíbles por imposibles. Por citar algunos: que el presidente del Gobierno, que acudió a Ceuta el día siguiente de que se desatara esta invasión, optó por irse de vacaciones inmediatamente después. Y, dice Juan Vivas, no han vuelto a hablar. Se ha encontrado también con un ministro del Interior que aseguró que se quedaría en Ceuta hasta que se restableciera la normalidad y huyó tan rápido como pudo. Las declaraciones posteriores de ambos hablando de “situación estructural” o “miedos subjetivos” no ayudan.

Pero hay más elementos del todo increíbles y coincidentes en el tiempo. Cuando durante las últimas semanas varios altos cargos del Reino de Marruecos han venido a reclamar su soberanía sobre Ceuta y Melilla, desde nuestro Gobierno se sigue hablando de Marruecos como un aliado fiel y seguimos adelante con la organización de todo un Mundial de fútbol con ellos. Mundial del que, para más inri, parece que la final se jugaría en el propio país africano. ¿Me puede alguien explicar cómo vamos a organizar un Mundial con un país del que nuestros políticos, esencialmente de izquierdas, esgrimen que sus ciudadanos deben huir mientras ese mismo país pone en duda nuestra integridad territorial? ¿De verdad es oportuno seguir enviando millones y millones de euros al país que, en dicho Mundial, acogería la final en detrimento de España?

La actitud y el discurso de Juan Vivas contrastan, en todo, con los de Pedro Sánchez y sus ministros, que andan tan lejos de la dignidad del primero. Algo parecido le ocurre, por cierto, al líder de la oposición, que no sabemos muy bien dónde anda. Ojalá más tipos como Juan Vivas en nuestra política.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Los Coloraos, hoy

Como cada año, el pasado 24 de agosto tuvo lugar el Acto de los Coloraos. En esta ocasión, la misión de oradora recayó sobre mi querida Fátima Pérez Ferrer, catedrática de Derecho Penal y decana de la Facultad de Derecho de la UAL. En su exposición, brillante y didáctica, regaló no pocas reflexiones que deberíamos rescatar, pues los grandes debates raramente dejan de ser actuales.

Uno de ellos es el de los derechos y libertades de cada uno, también en sus relaciones con el Estado. Podríamos pensar que la democracia cerró esa discusión, pero no está ni mucho menos resuelta. Hay conquistas asentadas, sí, pero también frentes en los que el Estado no es capaz de dar una respuesta suficiente a peticiones ciudadanas que, además, muchas veces son contradictorias.

Cada tiempo tiene sus revoluciones y el nuestro no va a ser ajeno a ello. La convivencia pacífica en nuestro país es un hecho teórico bastante discutible. Nuestra democracia puede ser vista como un tiempo de prosperidad, derechos y libertades, pero nada ha sido gratis. La trayectoria de ETA o los atentados del 11M son hondas cicatrices de nuestros años. Más recientemente, los problemas económicos, el covid o la inmigración y sus desajustes vienen cambiando el escenario de una manera acelerada.

Con todo, el episodio que estamos viviendo con Ceuta aspira a marcar un antes y un después, pues nos sitúa frente a un vecino hostil, Marruecos, al que venimos dando cariño y palmaditas en la espalda en forma de millones y millones de euros. También marca un hito en cuanto a esa sensación, bastante generalizada, de que el Estado está siempre para cobrar, pero no siempre para responder con el mismo interés cuando sus ciudadanos lo necesitan. Los servicios públicos van a menos, el patrimonio de algunos va a más y la respuesta a los ceutíes deja mucho que desear para cualquier mente mínimamente lúcida.

Está quedando, por tanto, en entredicho el papel de un Estado que en unos ámbitos se muestra fortísimo y en otros desesperadamente débil. Fuerte para exigir, regular, sancionar y recaudar con los de siempre; débil para proteger, acompañar y dar seguridad cuando la realidad se desborda. Quizá por eso conviene volver de vez en cuando a los Coloraos: porque la libertad no consiste solo en recordar a quienes murieron por ella, sino en preguntarnos qué Estado estamos construyendo con la que ellos nos ayudaron a conquistar.