Cumplir años redondos siempre tiene algo de especial, ¿verdad? Creo que nos pasa a todos, aunque no siempre para bien, que cada uno lo lleva a su manera. Hoy me moveré siempre en términos generales para los que habrá muchas excepciones… pero lo digo ya y me ahorro ir diciéndolo a cada momento.
Cumplir diez es una alegría para cualquier crío: se mete en la liga de los dos dígitos, la que le acompañará la mayor parte de su vida y de la que muy probablemente no saldrá. Los veinte y los treinta llegan en una vorágine de cambios y retos en la que difícilmente uno es demasiado consciente de nada, menos aún de la finitud de la vida. Sí, lo sabes, pero de aquella manera. Todavía son pocas las desgracias que has visto de cerca y navegas en esa suerte –literalmente– de inconsciencia.
En cambio, los cuarenta marcan un punto de inflexión. Profesionalmente estás más asentado, en lo personal hay ya muchas cosas que son como son y van a cambiar poco y la vida ya te ha mostrado su cara más dura las suficientes veces como para que hayas tomado nota de lo que se cuece y cómo se cuece en este mundo.
Cuando cumplió cuarenta años mi amigo y sempiterno hermano mayor, Juan Diego Linares, hablaba de que en ese momento le daba la vuelta al jamón. Aquella expresión me hizo gracia y me dejó pensando un poco. Es cierto que muchos avances nos invitan a pensar en que esa vuelta al jamón se puede ir elevando algunos años más, pero en números redondos parece razonable anclarla a los cuarenta. Caramba, media vida. Y sabe a poco, la verdad.
Hoy ando yo dándole la vuelta al mío y lo hago con alegría. Me parece que es algo tan digno de ser celebrado como cualquier otro día, pero con esa gracia que hacen los números redondos, como decía al principio. Con mucha ilusión en mi momento profesional, con cicatrices en lo personal pero feliz y orgulloso cuando miro fotografías o paso una relajada tarde de fin de semana –entre semana resulta imposible– rodeado de mi esposa e hijos.
Cuando el más pequeño de ellos hace algo como muy mío, mi mujer siempre dice lo mismo: “¡cuánto habrás rezado para que este niño saliera así!”. Y yo siempre respondo que yo no pido nada de eso. Lo que yo pido y por lo que yo rezo ha terminado siendo una fórmula por la que algunos ya me conocen bien, por resumida, por cofrade y por genuinamente mía: Salud y Vida. Para mí y para los míos, claro. Y por los años que hagan falta.