Hace unas semanas, unos de esos amigos a los que puedes considerar prácticamente de la familia, nos regalaron un retrato de mis tres hijos. Como los pequeños son muy pequeños y la foto en la que se basó la autora había sido tomada unos meses antes, no pude dejar de sorprenderme por lo rápido que van cambiando y creciendo.
Ahora que el curso académico va cogiendo su velocidad de
crucero y las rutinas poco a poco se irán asentando en nuestras casas, nuestras
vidas volverán a ser aparentemente anodinas; casi impropias de Instagram. Como
nos pasa a casi todos los que estamos en este momento de nuestras vidas en el
que entre el trabajo y la crianza de los hijos vivimos sin horas, sin tiempo.
Somos auténticos pollos sin cabeza intentando robarle segundos al reloj para
hacer, además, todas esas cosas que hoy en día parece que tenemos que hacer:
deporte variado, compra saludable, dieta mediterránea, escapadas para dos, salidas
con amigos, lectura de calidad, aprendizaje continuo, cuidado de la
espiritualidad… La lista es interminable. Tanto, que se convierte en una lucha
constante en la que nos vamos cargando de un estrés que, precisamente, con
nuestros hijos termina disparándose muchas veces.
En ese ir y venir apresurado, nuestra prioridad siguen
siendo los mismos que nos sacan de quicio. Pensando en su felicidad de hoy y de
mañana y también en su salud… andamos a broncas con ellos hasta que, cuando
menos lo esperamos, nos desarman. Porque al final del día la magia está ahí.
Toda esa carga emocional y hasta física que nos suponen, también son capaces de
aliviarla con la mayor naturalidad: con
un abrazo, con una mirada de admiración o apoyando su cabeza en nuestro hombro.
Hay otras vidas más cómodas, lo creo firmemente, pero no hay
otras vidas mejores que la que nuestros hijos nos brindan. Verlos crecer,
aprender, desarrollarse… ver esas cosas en las que se parecen a uno mismo; a
veces virtudes, a veces defectos.
Siempre serán nuestro proyecto más delicado. Especialmente,
cuando vemos el mundo al que los lanzamos: complejo, cambiante e incierto.
Ojalá supiéramos con certeza cuál es la mejor preparación para ellos, si bien
cada día estoy más convencido de que lo esencial serán unos valores sólidos,
una personalidad fuerte y una verdadera autonomía. Que sean, en fin, lúcidos e
independientes, desde la bonhomía. Con esos mulos tendrán que arar. Y nosotros
que los veamos.