Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 4 de febrero de 2026
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El pasado jueves, en el funeral
de la dignidad celebrado en Huelva en memoria de las víctimas de la tragedia
ferroviaria de Adamuz, se erguía una nueva figura como referente a tener en
cuenta por millones de ciudadanos. En medio de la desgracia, ya habíamos
descubierto a Julio Rodríguez, como tantos otros vecinos del pueblo cordobés,
ayudando a los heridos como si les fuera la vida en ello. Pudimos conocer
también a Fidel Sáenz, gritando a los cuatro vientos que Huelva no podría
conformarse con un funeral laico o lo que sea que fuera aquello que se quisiera
hacer desde el Gobierno. Y en el funeral religioso, el que las víctimas han
acogido como el de verdad, emergió como un titán la figura de Liliana Sáenz.
Fue el viernes cuando corrió como
la pólvora, de móvil en móvil, el emocionado discurso de esta auténtica señora
en el funeral en el que, de una u otra forma, todos nos hicimos presentes. Con
serenidad inexplicable, con firmeza atronadora y con la dignidad que le otorga
el hecho de ser hija de una mujer que perdió la vida en aquel maldito tren,
Liliana tomó la palabra para pedir que se esclarezca la verdad; para, con un
tacto y una elegancia muy especiales, definir a unos y otros ante la tragedia;
para recordar —como ya había hecho su hermano anteriormente en televisión— que
Huelva es tierra católica y, especialmente, mariana. En su intervención, que
tan claramente bebía de las ricas y poco transitadas aguas del pregón cofrade, había
fe, dolor, emoción y verdad.
Y es que en la verdad está la
clave de unas palabras que sonaron y resonarán entre quienes han sentido en sus
carnes todo lo acontecido en los últimos días. Porque esa serenidad no tiene
mayor explicación que una fe verdaderamente enraizada en el corazón de Liliana,
en el recuerdo de su madre, en la mano de su hermano. Y, hablando de todo un
poco, qué ejemplos de fe encontramos a veces cuando damos voz a los laicos, que
no todo el conocimiento y las vivencias viven en la jerarquía. Que no le
discuto yo su sitio —Dios me libre—, pero que está bien escuchar a los demás,
dejarles un rato el micrófono, bañarse en la fuente de las experiencias y las
emociones que Dios y María saben labrar en los corazones que se les abren desde
la sencillez. Porque siempre decimos que Dios lo sabe todo… pero, ay, quien
sabe de esto como nadie es su madre. Se llame de la Cinta, del Rocío o del Mar.
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