jueves, 20 de agosto de 2026

No cuesta nada

   Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 19 de agosto de 2026.

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

Ahora que la gratitud no está precisamente de moda, hay que poner el acento en lo bien que suena un “gracias” cuando se percibe sincero y, más aún, cuando viene acompañado de una sonrisa.

Vivimos en un mundo donde cada vez más tendemos a creer que acumulamos derechos, olvidando que también hay unos deberes que hemos de cumplir; o que nuestros derechos deben convivir de manera equilibrada con los derechos de los demás. Tantos derechos creemos que tenemos, que aquello que se nos da o facilita pensamos, sin más, que nos corresponde. De ahí que a la hora de dar las gracias seamos perezosos, cuando no meramente formalistas. Un agradecimiento de verdad es algo que trasciende al protocolo, al mero deber, para convertirse en una sencilla pero hermosa experiencia.

Un pensamiento bien extendido entre quienes dan poco las gracias es aquello de que nadie debería hacer algo buscando agradecimiento. Esto es una especie de resorte que se lanza casi de manera automática cuando se afea la conducta de no dar las gracias, como para dejar claro que el egoísta es quien espera gratitud y no quien ha recibido cualquier favor. No es más que una trampa retórica. No puede ser incompatible hacer las cosas simplemente porque resulten lo correcto o lo mejor, con al mismo tiempo esperar o agradecer, valga la redundancia, un mínimo reconocimiento o un atisbo de gratitud.

Dar las gracias implica reconocer que alguien se ha detenido por nosotros, que ha dedicado tiempo, atención o esfuerzo a facilitarnos el camino. Y eso, en una sociedad empeñada en convertirlo todo en obligación ajena, es algo que tiene un profundo valor. La gratitud nos recuerda que dependemos de los demás mucho más de lo que creemos y, probablemente, mucho más de lo que estamos dispuestos a admitir.

Se agradece poco al camarero que sirve con amabilidad, al compañero que resuelve un problema que no era suyo, al familiar que siempre está disponible o a quien nos tiene siempre presentes. En nuestro radar, cada uno tenemos muy presente lo que nosotros mismos hacemos, pero ¿tenemos también en cuenta lo que hacen los demás? ¿O nos limitamos a darlo por sentado? A fuerza de repetirse, los favores se convierten en costumbre; y la costumbre, peligrosamente, termina pareciéndonos una obligación. Qué poco cuesta ser agradecido. Y qué bien sienta.


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