La llegada del otoño nos pone sobre la pista del pausado pero firme caminar de la naturaleza. Sigue haciendo calor, pero van llegando las lluvias. Nos gustaría que fueran más suaves, que tamizaran el paisaje como una especie de rocío sordo, pero demasiadas veces bajan reclamando para sí las ramblas que llenamos de desechos. El paisaje va cambiando del verde al ocre, para llegar a los naranjas y marrones. Los ciervos, con sus bramidos, se lo han recordado también a quienes han dejado de mirar al horizonte.
Y es que Almería, tan de playa y de verano, tan del desierto
y del Cabo de Gata, conserva otros pulsos en sus sierras, donde es frecuente
cruzarse con jabalíes, ciervos, cabras, perdices. No abundan como en Cazorla o
en Gredos, pero esas especies cinegéticas tan clásicas de nuestro país están
también entre nosotros, enriqueciendo nuestro entorno con esa belleza tan suya,
que acaso nos pareciera exótica, en el corazón de nuestra provincia.
La naturaleza, a su manera y con o sin cambio climático,
sigue su curso por más que nosotros nos hayamos separado de su camino. Tiene
gracia que esto lo diga un urbanita convencido, pero a veces basta con mirar
alrededor y observar. Hemos olvidado los cambios propios de las estaciones, no
nos afecta cuál sea la fruta de temporada porque casi siempre hay de casi todo,
no sabemos a qué hora amanece ni la luna que nos acompaña cada noche. Comemos
cosas que no sabemos de qué están hechas pero saben bien y nos las preparan en
un periquete y para llevar.
Uno de los síntomas que más me llama la atención de esa
separación que mantenemos con la naturaleza tiene que ver con el sueño. Vivimos
alargando las noches, ya sea por ocio o por obligación, e intentamos conciliar
el sueño tantas veces a deshoras. Es cada vez más normal ver a chavales tomando
bebidas energéticas para mantenerse despiertos en cualquier momento del día. Los
adultos somos algo más clásicos en ese sentido y, en demasiadas ocasiones,
abusamos del café. Por la noche, en cambio, muchos necesitan pastillas para
poder dormir.
Quizás necesitemos no solo que vuelva la mili, sino que ésta
incluya una estancia de al menos un mes en un pueblo. Contemplando amaneceres y
anocheceres, escuchando el campo, conociéndolo, recorriéndolo, aprendiendo de
quienes habitan y conservan el medio rural y desconectándonos, aunque sea por
unas horas al día, de la corriente digital dominante.
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