sábado, 7 de enero de 2012

7 de enero, un día raro.

Desde que era bien pequeño el día 7 de cada mes de enero me parecía un día de lo más extraño. Quiero decir, un día en el que algo no encajaba.

Y es que es el día inmediatamente siguiente a la Navidad versión extendida hasta Reyes. O sea que estamos preparando la Navidad desde mes y medio antes y el día 7 actuamos como si nada de lo que pase en esas fiestas hubiese ocurrido: adiós a las luces de Navidad, fuera los belenes, todos a recoger los adornos, etc. ¿Pero este cómo es?

Y encima, vamos a ver, seamos serios, acaban de pasar ¡¡¡los mismísimos Reyes Magos de Oriente!!! y ya actuamos como si nada. Pero venga ya, si todavía deben estar haciendo su camino de vuelta. Que el viaje es largo y la tarde-noche del 5 al 6 fue muy dura con tanta cabalgata, tanto acto institucional y sobre todo después de una noche repartiendo regalos por el mundo entero. ¿Por qué el día 7 cada año desaparece de golpe la magia y todo se torna normal, común, ordinario, vulgar incluso?

Y siendo un niño, con la ilusión volcada a tope, queda un cierto desencanto en cada día 7 de enero porque claro, el día 6 con los regalos abiertos tienes mucho que hacer, mucho que descubrir, mucho con qué entretenerte. Y no te das cuenta de que los adultos andan ya en otras cosas. Pero el día 7 sí que lo ves y algo, algún cimiento que no es tan sólido como pensabas, tiembla en tu estómago mientras te quedas con la sensación de que hay algo que no te han contado. O de que en lo que te han contado algo falla. Menos mal que el día 8 vuelves al cole y tienes que contarle a todos tus amigos lo que te han traído Melchor, Gaspar y Baltasar para enterarte de lo que también a tus compañeros les han traído estos misteriosos hombres de Oriente, con una historia singular curtida a base de oro, incienso y mirra y de muchos años (unos 2.000 ya) de regalos e ilusiones; capaces de estar al mismo tiempo en las cabalgatas de todas partes. Que tú lo sabes porque lo has visto en Andalucía Directo antes de bajar a la calle a verlos en vivo. Antes de que esa ilusión por verlos se convierta en un miedo atroz al sentirlos cerca.

Y todo esto que ahora son palabras y pensamientos algo más elaborados, cuando era niño no era más que una extraña sensación. Una curiosidad que se quedaba en el estómago, quizás en el corazón, pero que nunca llegaba a la cabeza porque la mente no era capaz de darle forma. Era acaso un leve cambio en el aroma de las calles, de la vida, que hacía que el día 7 fuese sumamente raro sin saber por qué ni poder siquiera imaginarlo.

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