Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 10 de junio de 2026.
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Con permiso de las elecciones presidenciales en el Real
Madrid, con la feliz victoria de Florentino Pérez, y de los multitudinarios conciertos
del “conejo malo”, lo más destacado de estos días en España es, sin duda, la
visita del Papa León XIV.
La presencia en nuestro país de Su Santidad me deja la
certeza de que tenemos una gran suerte al contar con él al frente de la Iglesia.
Desde la elección de su nombre papal, viene dando señas de contar con un
diagnóstico elevado del momento en el que le ha tocado regir la sacra
institución, siendo consciente de uno de los grandes desafíos a los que, con
toda probabilidad, nos enfrentamos en este momento: la inteligencia artificial
y su gestión. Si casual no fue que optara por León, tampoco lo es que en su primera
encíclica ya haya abordado esta cuestión.
En un mundo deslumbrado por la tecnología, los humanistas
resultan más importantes que nunca. Necesitamos voces clarividentes que nos
ayuden a encontrar los caminos adecuados. Y ahí es donde Prevost va a ser una
auténtica bendición.
Además, todo ello lo aborda desde un respeto a los ritos y a
la liturgia que Francisco, en su búsqueda continua de la sencillez, había
dejado de lado. Me gusta que el Papa vista y actúe como Papa, no lo puedo
negar. Y me encanta, además, que apele a los valores o identidades propias de
la visión cristiana del mundo, que es lo que nunca debe quedar de lado: el amor
a Dios, el respeto fraternal al prójimo, el cuidado del desvalido, la defensa
de la vida, el impulso de la familia como institución central de nuestra
sociedad.
Y todo ello lo hace, además, con una inteligencia
deslumbrante que me está dejando un magnífico sabor de boca: con cercanía, con
preguntas que conducen a respuestas incómodas, con consciencia de su papel, con
candidez. Y rodeado de miles y miles de personas con sed de Dios.
En ese lugar tan peculiar que es X, antes Twitter, hemos
visto imágenes verdaderamente esperanzadoras, como cientos de miles de jóvenes
en la calle, rezando unidos, y, por momentos, en completo silencio. Hay quienes
dicen que esas imágenes producen miedo. Bueno, quizás prefieran lo que hemos
visto, por ejemplo, en París con ocasión de la final de la Champions:
escaparates blindados, caos y desorden. A mí las imágenes de Madrid me transmiten
esperanza, sí, pero también una fuerza descomunal. ¿Quién en su sano juicio podría
tener miedo de algo así?
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