jueves, 10 de septiembre de 2026

Los Coloraos, hoy

Como cada año, el pasado 24 de agosto tuvo lugar el Acto de los Coloraos. En esta ocasión, la misión de oradora recayó sobre mi querida Fátima Pérez Ferrer, catedrática de Derecho Penal y decana de la Facultad de Derecho de la UAL. En su exposición, brillante y didáctica, regaló no pocas reflexiones que deberíamos rescatar, pues los grandes debates raramente dejan de ser actuales.

Uno de ellos es el de los derechos y libertades de cada uno, también en sus relaciones con el Estado. Podríamos pensar que la democracia cerró esa discusión, pero no está ni mucho menos resuelta. Hay conquistas asentadas, sí, pero también frentes en los que el Estado no es capaz de dar una respuesta suficiente a peticiones ciudadanas que, además, muchas veces son contradictorias.

Cada tiempo tiene sus revoluciones y el nuestro no va a ser ajeno a ello. La convivencia pacífica en nuestro país es un hecho teórico bastante discutible. Nuestra democracia puede ser vista como un tiempo de prosperidad, derechos y libertades, pero nada ha sido gratis. La trayectoria de ETA o los atentados del 11M son hondas cicatrices de nuestros años. Más recientemente, los problemas económicos, el covid o la inmigración y sus desajustes vienen cambiando el escenario de una manera acelerada.

Con todo, el episodio que estamos viviendo con Ceuta aspira a marcar un antes y un después, pues nos sitúa frente a un vecino hostil, Marruecos, al que venimos dando cariño y palmaditas en la espalda en forma de millones y millones de euros. También marca un hito en cuanto a esa sensación, bastante generalizada, de que el Estado está siempre para cobrar, pero no siempre para responder con el mismo interés cuando sus ciudadanos lo necesitan. Los servicios públicos van a menos, el patrimonio de algunos va a más y la respuesta a los ceutíes deja mucho que desear para cualquier mente mínimamente lúcida.

Está quedando, por tanto, en entredicho el papel de un Estado que en unos ámbitos se muestra fortísimo y en otros desesperadamente débil. Fuerte para exigir, regular, sancionar y recaudar con los de siempre; débil para proteger, acompañar y dar seguridad cuando la realidad se desborda. Quizá por eso conviene volver de vez en cuando a los Coloraos: porque la libertad no consiste solo en recordar a quienes murieron por ella, sino en preguntarnos qué Estado estamos construyendo con la que ellos nos ayudaron a conquistar.

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