viernes, 19 de agosto de 2016

La primera vez

La primera ecografía es una cosa sobrecogedora, prácticamente tan inabarcable como el Real Madrid. Fuimos al ginecólogo sin saber muy bien a qué podríamos ir realmente. Los nervios, la incertidumbre, te convierten en absurdo autómata sin voluntad alguna, ni capacidad de reacción.

Entonces llega el momento más decisivo de los vividos hasta entonces: ella tumbada y con su vientre, plano como siempre, al aire mientras la enfermera le hunta la barriga de gel frío. Un par de intentos y la pantalla oscura se llena de luz en su parte central: ahí tenéis a vuestra habichuela. Que nadie lo dice así, pero bien podría decirse. Y escuchas los latidos de su corazoncito. Pumpún pumpún pumpún. Rapidísimo. Nuevamente inabarcable.

Y el caso es que esa habichuela clara, blanca, luminosa para mí se presentó además como el mismo rostro de Dios, un Dios en el que creo todos los días pero no todas las horas, no sé si me explico. Pero allí estaba, yo pude verle. En la última sala de aquella clínica, Dios se me hizo presente con forma de habichuela. Eso sí, la habichuela más importante del universo.

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