martes, 18 de abril de 2017

Ahí va un hombre sereno

Este texto fue publicado -aunque incompleto- en Diario de Almería el 16 de abril de 2017, Domingo de Resurrección.

Este Martes Santo era tremendamente especial para las cuadrillas de costaleros y costaleras de la Hermandad de la Coronación y su cuerpo de capataces: se ponía fin a un ciclo con la despedida de su capataz, el latas. 14 años al frente del misterio y 11 como capataz general asumiendo también la dirección del palio es tiempo más que suficiente para dejar huella, sobre todo cuando no se anda escaso de carisma.

Porque la vida enseña que hay lágrimas de cocodrilo y hay lágrimas de verdad; y de estas últimas se derramaron muchas el pasado Martes Santo en la Parroquia de Santa María Magdalena. Deja su puesto un hombre sereno, sorprendentemente sereno. El latas es temperamental e inquieto y sin embargo el Martes me pareció el tipo más calmado del mundo, debe ser que se lleva la conciencia tranquila.

Sus cuadrillas le brindaron un emocionantísimo tributo en la intimidad del templo, rozando ya la una de la madrugada. No sé qué regalos se dieron, porque no me acerqué para verlos, ni sé qué palabras se cruzaron, porque no me acerqué para escucharlas; pero fui testigo directa desde la distancia que marca la prudencia de una auténtica piña de emociones donde la voz de alguna costalera trató de alzarse hasta donde la garganta aguantó el pulso de los sentimientos para tratar de expresar lo que ya llevaban toda la tarde gritando unos y otras con su esfuerzo. Pero en esos minutos de discursos y abrazos, me impactó la réplica calmada del capataz saliente. ¡Quién lo diría!

Deja el latas los martillos de Coronación no sin haber sufrido los ataques y las artimañas de quienes han ambicionado hacerse con su puesto (¡qué tendrá un llamador!). Él se va, pero sus pasos siempre han vuelto más que dignamente. Ése será el listón que deberá superar quien le coja el relevo y la medida con la que se le juzgará; y cuando sus fieles se vayan a luchar en otras guerras será interesante ver quién recorrerá casi 6 kilómetros en un oficio que te puede dar la gloria, pero que en ocasiones es terriblemente desagradecido.

Con su traje y su corbata, con esa serenidad que yo no me esperaba, se alejaba el latas de Los Molinos en la madrugada del Miércoles Santo. “Ahí va un hombre sereno”, pensé. Y yo no sé si es, o no, buen capataz: nunca he trabajado a sus órdenes. Pero tengo muy claro que yo siempre, siempre, querría a Francisco Javier Giménez López, el latas, en mi equipo.

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