Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 15 de abril de 2026.
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Las primeras veces son siempre
especiales. En todo. También en lo que usted está pensando. Pero, por ser la
primera, suelen ser torpes, suelen admitir mejoras.
A veces ocurre que uno empieza a
pensar y sabe dónde empieza pero no sabe dónde acaba. Algo así me pasó el otro
día, cuando empecé a pensar que por primera vez voy a participar en la Feria
del Libro de Almería, en la que firmaré ejemplares de mi libro —si alguien
tiene a bien que lo haga— el próximo sábado por la tarde. El caso es que de ahí
salté a que, en realidad, todo lo relacionado con mi libro está siendo una
bonita primera vez: la primera vez que escribo algo así, la primera que lo
publico, la primera que lo presento, etc.
Pero fui más allá en esa
reflexión: nuestra vida, en sí misma, es una gran primera vez. Sí, salpicada de
muchas repeticiones, de muchos días aparentemente intrascendentes empapados de
rutina; pero una enorme primera vez. Y es que, en muchos momentos, hemos de
tomar decisiones que nos marcarán para siempre. También nos pasarán cosas,
ajenas a nuestra voluntad, que tendrán una huella profunda en todo nuestro
futuro terrenal. Cómo somos, cómo gestionamos nuestros días, cómo construimos
nuestras relaciones… son asuntos a los que nos enfrentamos sin experiencia
previa y sobre cuyas sendas tendremos que caminar inexorablemente.
Hay personas que parecen saberlo
todo sobre el arte de vivir, pero salvo que sean casos de reencarnación con
experiencia previa, créame, están en la misma primera vez que usted. Quizás por
ello deberíamos mirarnos todos con algo más de empatía, con misericordia. Si
bien hay cosas que son objetivamente como son, no vayamos a caer en
relativismos absurdos, muchas otras se prestan a la opinión que se nutre de la
perspectiva de cada cual, de la experiencia de cada quien, de la intención de
cada uno.
Y a todo esto, y sigo con aquello
del pensamiento, le podemos añadir un corolario y es que la vida es nuestra
gran primera vez y, salvo prueba en contrario, también la última. Sorprenden
por ello la cantidad de momentos perdidos a cuenta de un enfado absurdo, la
cantidad de experiencias aplazadas por cosas insignificantes, la cantidad de
felicidades que se fueron al traste sin saber cómo ni por qué. Al final de
tanta reflexión, podría reducir lo reflexionado en aquello que, hace ya unos
años, cantaban las Azúcar Moreno: “solo se vive una vez… 1, 2, 3, ¡caramba!”.
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