Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 27 de mayo de 2026.
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Apenas han pasado diez días desde
las elecciones andaluzas, pero parece que han sido eones, Zapatero mediante; no
obstante, hay un tema que en cada domingo de comicios me escama y no quería
dejarlo pasar: la composición de las mesas electorales. Comprendo que todos
debemos participar en “la gran fiesta de la democracia” y, por ello, nunca he
dejado de votar, pero lo de las mesas electorales lo llevo peor.
¿Cuánta gente tenemos en España
cobrando prestaciones o ayudas sin estar incapacitados para trabajar? Vamos a
dejar a un lado, por supuesto, a los menores de edad y a los mayores de cierta
edad. Son, con toda probabilidad, millones de personas las que, en teoría, no
tienen ocupación laboral a lo largo de la semana y, se supone, puesto que por
ello cobran esas ayudas o prestaciones, que un extra les puede venir bien. ¿Por
qué no se intenta que sean estas personas las que contribuyan a que todo
funcione en la jornada electoral?
A los que estamos en la otra cara
de la moneda, trabajando de lunes a viernes o cada uno en los turnos y días que
le toque, pasar un domingo en una mesa electoral es un perjuicio serio. Y,
afortunadamente, esos sesenta o setenta euros que se dan a quienes participan
de ello no es algo que arregle la vida de casi nadie de cuantos realmente
trabajan. Tampoco el asunto del día libre a continuación termina de compensar
la faena, especialmente en aquellos casos en los que el trabajo se tenga que
absorber sí o sí. Pienso en tantos autónomos o, no lo puedo evitar, en asesores
fiscales en plena campaña de renta, en abogados que tengan juicio ese día,
médicos con pacientes citados y un larguísimo etcétera.
¿Sería impopular fomentar la
participación en mesas electorales de quienes disponen realmente de más tiempo
libre? Seguramente. Es la única justificación que se me ocurre a que nadie lo
instrumente. Es probable también que otras personas tengan la inquietud y la
curiosidad de conocer cómo funciona desde dentro una jornada electoral y
quieran vivirlo, pero a otros muchos se les causa un perjuicio serio al
privarles del único descanso que encuentran en su semana.
El sábado antes de la votación
pasé por una panadería en calle Granada, en cuya puerta lucía un cartel
indicando que ese domingo no abriría por tener que estar en una mesa electoral.
¿En serio?
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