Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 22 de enero de 2026
Ahora que, quizás, tenga usted reciente la película Love actually, tan propia de la Navidad, quisiera traerle a la memoria esa escena en la que la seductora secretaria del personaje interpretado por Alan Rickman le invita a que le haga un regalo por Navidad. Éste, casado y con hijos, se deja llevar con un escueto “¿Qué necesitas?”, a lo que ella responderá, con mirada perturbadora, eso de “No quiero algo que necesite, quiero algo que quiera”.
Y es que, tantas veces, necesidad y felicidad no van de la
mano. Lo que necesitamos y lo que nos hace felices son cosas distintas. A ver
si me explico. Necesitamos oxígeno para respirar, necesitamos que nuestro
corazón lata a compás, necesitamos agua para calmar la sed… pero esto
únicamente nos da una alegría (y de las gordas) cuando lo hemos visto peligrar.
Por el camino, mientras tanto, son lo que en el argot empresarial conocemos por
commodities: lo básico, lo esencial, lo esperado.
Con esas cuestiones cubiertas, lo que nos hace felices es
tan distinto como diferentes somos todos, pero se me ocurre: un abrazo, un
jamón, unas vacaciones bien lejos o el último gadget tecnológico en el mercado.
Cosas, a fin de cuentas, materiales, espirituales o sentimentales, pero que no
entran en el espectro de lo estrictamente necesario.
Por todo esto, hacer felices a otros no va tanto de cubrir
sus necesidades de alimento, habitación e higiene (si pensamos en nuestros
hijos), como de brindarles momentos que supongan un sobresalto real o,
inevitablemente, regalarles eso que tanto desean. Si pensamos en parejas, en
otros familiares, en amigos… lo necesario, tantas veces por esperado, no
insufla ánimos en el alma de nadie y más nos vale probar suerte en otros hitos.
Hasta el punto, si me permite la opinión, de que más vale descuidar en algún momento
el campo de las necesidades, con tal de encontrar un camino para el disfrute y
las alegrías.
A mí, si me lo preguntan, no me hace falta ese paraíso
remoto: lo que de verdad me apetece es recorrer nuestro Paseo Marítimo una
mañana laborable, de ésas en las que a la sombra hace frío, pero al sol te
calientas. Esa luz, ese aire, esa calma.
Prestar atención a los deseos es la forma en que sacamos
brillo a nuestros días. Porque, al final, lo que queremos es lo que nos salva
del gris.
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