jueves, 4 de junio de 2026

Ignacio, presente

 Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 3 de junio de 2026.

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.


Tal día como hoy (3 de junio), hace nueve años, fue asesinado en Londres Ignacio Echeverría Miralles de Imperial a los treinta y nueve años. Los que yo tengo.

Acercarse a la vida de Ignacio es hacerlo a la vida de un joven de nuestro tiempo, con las mismas dificultades e inquietudes que pueda tener cualquiera de nosotros: buscar empleo, hacer su propio camino, edificar su vida. Precisamente, vivía en Londres porque era allí donde trabajaba.

Allá por 2022 contacté con su padre para invitarle a que viniera a Almería a dar un testimonio sobre la vida y muerte de Ignacio, en un acto organizado por la Hermandad del Resucitado, a la que pertenezco. Y cuánto me alegro de ello. Porque si ejemplar fue la actuación de este héroe, no resulta menos admirable la fuerza con la que sus padres, Joaquín y Ana, dan testimonio público de la vida de su hijo: un signo de esperanza, amor y fe en estos tiempos donde todo parece tan anodino y despojado de sentido.

En los últimos años se viene promoviendo la canonización de Ignacio, puesto que su fe tuvo un peso decisivo en su muerte. Recordemos que Ignacio, el héroe del monopatín, no fue asesinado porque pasara por aquel puente en un momento inoportuno, sino que fue su decisión consciente de enfrentarse a los terroristas con su propio monopatín la que terminaría llevándole a esa situación. Escogió arriesgar su vida para intentar salvar la de otros, tal y como ocurrió.

En Almería hemos tenido la suerte de contar con ellos en dos ocasiones, aquí se ha representado el musical de las últimas horas de vida de Ignacio, se ha mostrado por primera vez fuera de Madrid su exposición de enseres y pudimos vivir una vigilia de oración en la Catedral.

Difícilmente podemos esperar de nadie que esté dispuesto a entregar su propia vida por unos desconocidos, como Ignacio, pero ponernos ante su espejo en las pequeñas decisiones del día a día no puede sino hacernos mejores. Y es que su santidad, en la que yo creo al margen de los tiempos y procesos de la Iglesia, no es una santidad añeja, de estampa antigua, sino que es una santidad actual, de hoy, capaz de interpelarnos directamente. Por este motivo, desde la Hermandad se han promovido charlas en colegios e institutos para dar a conocer que existe otra forma de entender la vida, de vivir el amor, de amar al prójimo. Con Ignacio presente, tenemos al mejor modelo de nuestro tiempo para una vida más recta y mejor.


jueves, 28 de mayo de 2026

Zapatero mediante

   Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 27 de mayo de 2026.

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

Apenas han pasado diez días desde las elecciones andaluzas, pero parece que han sido eones, Zapatero mediante; no obstante, hay un tema que en cada domingo de comicios me escama y no quería dejarlo pasar: la composición de las mesas electorales. Comprendo que todos debemos participar en “la gran fiesta de la democracia” y, por ello, nunca he dejado de votar, pero lo de las mesas electorales lo llevo peor.

¿Cuánta gente tenemos en España cobrando prestaciones o ayudas sin estar incapacitados para trabajar? Vamos a dejar a un lado, por supuesto, a los menores de edad y a los mayores de cierta edad. Son, con toda probabilidad, millones de personas las que, en teoría, no tienen ocupación laboral a lo largo de la semana y, se supone, puesto que por ello cobran esas ayudas o prestaciones, que un extra les puede venir bien. ¿Por qué no se intenta que sean estas personas las que contribuyan a que todo funcione en la jornada electoral?

A los que estamos en la otra cara de la moneda, trabajando de lunes a viernes o cada uno en los turnos y días que le toque, pasar un domingo en una mesa electoral es un perjuicio serio. Y, afortunadamente, esos sesenta o setenta euros que se dan a quienes participan de ello no es algo que arregle la vida de casi nadie de cuantos realmente trabajan. Tampoco el asunto del día libre a continuación termina de compensar la faena, especialmente en aquellos casos en los que el trabajo se tenga que absorber sí o sí. Pienso en tantos autónomos o, no lo puedo evitar, en asesores fiscales en plena campaña de renta, en abogados que tengan juicio ese día, médicos con pacientes citados y un larguísimo etcétera.

¿Sería impopular fomentar la participación en mesas electorales de quienes disponen realmente de más tiempo libre? Seguramente. Es la única justificación que se me ocurre a que nadie lo instrumente. Es probable también que otras personas tengan la inquietud y la curiosidad de conocer cómo funciona desde dentro una jornada electoral y quieran vivirlo, pero a otros muchos se les causa un perjuicio serio al privarles del único descanso que encuentran en su semana.

El sábado antes de la votación pasé por una panadería en calle Granada, en cuya puerta lucía un cartel indicando que ese domingo no abriría por tener que estar en una mesa electoral. ¿En serio?


jueves, 21 de mayo de 2026

¡Sí se puede!

    Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 20 de mayo de 2026.

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

Pasadas las elecciones andaluzas, no dejo de sorprenderme con según qué paradojas. La que me golpea más fuerte es la de Adelante Andalucía y su candidato a presidente celebrando que “¡le hemos quitado la mayoría absoluta al Partido Popular!”. No hace falta ser politólogo para entender que, si a ello le sumamos que unas horas después todos los partidos de izquierdas han confirmado que no se van a abstener para facilitar la presidencia a Juanma Moreno, ese quitarle la mayoría absoluta al PP se traduce en dejarlo en manos de Vox. O lo que es lo mismo, en manos de la “temida extrema” derecha.

¿Puede un señor que se sitúa a la izquierda de la izquierda celebrar que le vaya a gobernar, no ya el PP, sino el PP con Vox? ¿Puede celebrar con euforia que eso sea gracias a su partido? Mi respuesta, aunque las preguntas parecieran tendenciosas en sentido contrario, es que ¡sí se puede! ¿Y por qué? Pues porque en la industria política la estrategia siempre vence a la verdad.

No hay otra explicación. Pesa más el éxito propio —e innegable— en las elecciones. Pesa más la posibilidad de cimentar sobre ese escenario un relato que los pueda impulsar hacia un hipotético nuevo salto dentro de cuatro años. Todo ello pesa más que el hecho cierto —según su visión— de tener que sufrir durante cuatro años a un gobierno que calificarán de retrógrado, fascista, trasnochado y sabe Dios cuántas cosas más.

Y esto aplica a Adelante Andalucía y a todo el arco parlamentario: nada importa más que los propios resultados y la estrategia que se pueda aplicar tras ellos. Ocurre de manera similar con Pedro Sánchez, que valida cada una de las elecciones autonómicas que se han celebrado en los últimos meses porque sabe que, desde esos resultados, tan similares en todos los casos, construirá su gran relato para las próximas generales, que ya ha demostrado por activa y por pasiva que es lo único que le importa. Quién sabe, a lo mejor por ahí se entiende a la candidata que nos colocó a los andaluces de cara al pasado 17 de mayo. Una candidata, sí, curtida en mil batallas, pero que ha conseguido el peor resultado histórico del PSOE en Andalucía y que, sospecho, en el fondo de su corazón lo celebraba: podría haber sido mucho peor.

Queda ese poso de tristeza al comprobar, una vez más, que la verdad es escondida bajo la alfombra al servicio de la estrategia. Es la política de nuestro tiempo.


jueves, 14 de mayo de 2026

Jacarandas

      Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 13 de mayo de 2026.

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

En estas semanas las jacarandas nos vienen regalando todo su esplendor y belleza. Son árboles muy llamativos, de flores color lila o violeta, acaso azuladas. Los vemos en algunos lugares de nuestra ciudad y nos llaman especialmente la atención ahora que están en el punto álgido de su floración. Cuando esa flor estalla, el árbol apenas tiene hojas y lo que deja ver es un auténtico espectáculo en tonos morados. Solemos verlos agrupados, por ejemplo, en la Plaza de San Pedro, en la Puerta de Purchena, en la Rambla al sur de la Gloria, o en esa plaza con fuente que tenemos entre la Ciudad de la Justicia y Blas Infante.

A mí me vienen llamando la atención desde hace bastante tiempo. Así, en 2022 le dediqué los siguientes versos al Cristo del Descendimiento, de la Hermandad del Silencio: “Jacaranda en flor / que en flor espera / una nueva primavera / para darnos Redención”.

El caso es que la observación de este árbol, y qué bien viene haber mencionado al Descendimiento en este punto, nos obliga también a fijarnos en que la caída de la flor es muy escandalosa, casi tan llamativa como la propia floración, pero al revés. Un Cristo sin Resurrección podría parecerse tanto a estas flores…

Pero aquí viene la pregunta importante: ¿merece la pena? Y no es baladí porque la verdadera pregunta es si pagamos el precio que la belleza —de las flores, en este caso— impone o lo abordamos todo desde un mayor pragmatismo y apostamos por ornamentos más cómodos. Si comparamos con los más habituales ficus o palmeras, éstos ofrecen un aspecto mucho más parejo durante el año y, entiendo, no tienen el problema de la suciedad; otros tendrán.

Bajaba el Paseo el otro día pensando que los ficus se parecen a nosotros, sobre todo a los que no somos tan guapos, en que están ahí todo el año, parecen los mismos y, de repente, les dan la poda circular y parece como si se hubieran cortado el pelo y acicalado. Ese siempre oportuno “pareces otro”, pero sabiendo que siempre eres el mismo.

Las jacarandas, con su explosión de belleza por primavera, nos recuerdan que la vida pasa, que el tiempo avanza y las estaciones se suceden. También, que las cosas —y nosotros con ellas— caen. A mí me alegran el día con sus inverosímiles flores, por más que sea inevitable recordar que, en unos días, acabarán todas en el suelo.


Publicado el texto, me escribe Miguel Cárceles y me dice lo siguiente:

"Lo mejor de las jacarandas es que florecen dos veces al año. En primavera, como el resto, y en otoño, cuando nadie lo hace. Son muy curiosos esos árboles argentinos".

Me encantó el comentario y lo anexo a la columna.




jueves, 7 de mayo de 2026

Sofás negros

     Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 6 de mayo de 2026.

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

Hubo un tiempo en el que un tanatorio de nuestra ciudad me llamó la atención por su mobiliario de colores y formas amables. Recuerdo sillones curvos y de color verde o gris claro. Quiero incluso recordar vivos naranjas en algunas piezas del mobiliario, otros marrones agradables. Aquello, conjugado con sus grandes cristaleras y la luz de Almería pasando a través de ellas, con frases emotivas escritas sobre las paredes, hacía del conjunto un lugar que me resultaba cálido y reconfortante. Al poco de abrir, estuve allí para despedir a mi propio abuelo y pude percibir cómo el lugar invitaba a sentirse reconfortado. Ahora, la mayoría del espacio abierto entre las salas de velatorio y los grandes ventanales lo ocupan unos voluminosos sofás de riguroso color negro. Puro cliché. La sensación que transmite es de un cierto retroceso.

Es un lugar al que no me gusta ir. Entiendo que no gusta, en general. Pero con otros tonos y otros sillones se me antojaba más amable, diferente, inesperado. Ahora es convencional y lo que hace es más convertir la muerte en un trance a superar que una celebración de la vida. Y es que, aunque duela, en la mayoría de los casos el rato de velatorio debería ser una celebración de la vida que se ha acabado, pero que recordamos con cariño, con afecto, con una sonrisa. Hay muertes con las que esto parece humanamente imposible, lo sé; pero incluso en esos casos cabe, de alguna manera, ese pensamiento.

Es muy difícil gestionar la muerte, no sabemos bien cómo hacerlo. Por un lado, tiene un punto de tabú, como si nombrarla la atrajera. Por otro, es un momento de gran dolor para los más allegados al difunto. Tantas veces no sabemos qué decir ante ella. Resulta curioso, sobre todo si consideramos que es algo de lo que nadie escapa: todos pasaremos por ella. Desde el inicio de la humanidad, las distintas religiones y creencias buscan darle respuesta, sentido, pero al final cada persona hace lo que buenamente puede cuando llega el momento de sufrir o acompañar. Quizás no hagan falta grandes discursos ni las mejores palabras. Un gesto o una mirada pueden resultar balsámicos. También una sonrisa.

Si yo pudiera elegir, devolvería al lugar su aspecto cálido, lo llenaría de vida en todos esos elementos para hacer contrapeso a tanta muerte como pasa cada día por esas estancias. Veo esos sofás negros y pienso que el mobiliario correcto también sabe dar abrazos.


viernes, 1 de mayo de 2026

Postureo del bueno

    Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 29 de abril de 2026.

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.


Pasó el otro día por esta casa, por el Diario, Vicente, de Almería Postureo, ese perfil de redes sociales —yo lo sigo sobre todo en Instagram— que informa, entretiene y divierte sobre todo lo que tiene que ver con Almería y provincia.

En estos tiempos de influencers plastificados, Vicente tiene un sello de autenticidad y naturalidad que, paradojas de la vida, parece contradecir al nombre del perfil. Porque en Vicente hay poco de postureo. Sí puede haber un papel, una forma de mostrarse al mundo, que encuentra su razón de ser en la búsqueda de la diversión y en tratar, lógicamente, de rentabilizar el camino recorrido y poder vivir de ello. Pero no creo que se caracterice por posturear demasiado. Eso lo encontramos, y a espuertas, en tantísimos otros perfiles, famosos o no. Si las vidas de muchos se parecieran de verdad a lo que vemos en Instagram…

Sin ir más lejos, hace unos días saltó a la escena pública el caso de una famosa de verdad que fue de Madrid a Sevilla a echarse unas fotos y grabar unos vídeos vestida de flamenca para que nadie cayese en la tentación de pensar que no había estado en la Feria de abril. Es decir, que nadie pensase lo que de verdad había ocurrido.

Vicente, por su parte, no deja de ser un tipo con buen corazón al que le gusta difundir lo que tiene que ver con Almería y que nos lo pasemos bien con sus ocurrencias. También le gusta ayudar y me consta que, tal y como dijo aquí, lo hace. En estas semanas vemos cómo comparte una serie de entrevistas con personas sintecho de nuestra ciudad. ¿Qué tiene eso de postureo?

De las cosas más feas que he tenido que leer fueron algunas de las críticas que surgieron en torno a su elección como pregonero de la pasada feria. En esa ocasión no eran cuentas anónimas en internet, había también auténticos personajes de nuestra sociedad en ese fango. Eso sí, estoy convencido, no pocas de esas críticas iban realmente dirigidas al Ayuntamiento de Almería o a su alcaldesa, pero es más cómodo firmar un texto dañino y exagerado contra Vicente que contra María del Mar Vázquez, con quien a lo mejor más adelante queremos salir en alguna foto. En fin, así somos.

Creo que hay Vicente para rato. Puede que le cueste a veces ser regular y constante en algunos de los proyectos que se ven arrancar en su perfil y a los que les falta continuidad, pero su labor nos hace bien a todos. Este postureo sí.


jueves, 23 de abril de 2026

Almería, una isla

   Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 22 de abril de 2026.

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

La ristra de cancelaciones e importantes retrasos que viene acumulando el vuelo que une Almería y Sevilla en las últimas semanas vuelve a poner el foco sobre nuestras comunicaciones con el resto del mundo. Y es que pasan los años, pero la vida sigue igual. Y lo cierto es que los almerienses tampoco nos levantamos en armas, precisamente. Vivimos en esa resignación a la que tanto nos han acostumbrado.

Con líneas de tren y avión absolutamente disfuncionales, llegamos a la conclusión de que Almería es, prácticamente, una isla. No solo está en una esquina geográfica del mapa español, sino que está poco o mal unida con las capitalidades que más le podrían afectar, como son Sevilla y Madrid. Si a ello le sumamos cancelaciones recurrentes, retrasos habituales y sobrecostes constantes, la cuestión es desmoralizante, da igual por dónde se mire.

Quizás Ayuntamiento y Diputación deberían plantearse una concejalía o un área de insularidad. Igual que tenemos las propias de despoblación rural o de agricultura, podríamos tener a personas competentes ocupadas a fondo en esta materia que ya es de máxima preocupación para todos. Salir de Almería a cualquier sitio es una aventura; y esta rémora la padecen tanto ciudadanos como empresas, que llevan el motor gripado. Perdemos capacidad de movernos, de influir, de posicionarnos.

Imaginen que Cristóbal Cervantes, que viene reclamando públicamente solución a este problema desde Sevilla, fuera nuestro Diputado provincial de insularidad. Podría teletrabajar desde Sevilla, tratar de presionar allí, desplazarse a Madrid cuando fuera necesario —desde Sevilla lo haría con mucha más facilidad que desde Almería— y podría calentarle la cabeza a quien corresponda, ya sea a ministros o a los jerifaltes de Iberia, Aena, Renfe, Adif…

En fin, pobre Cristóbal, en menudo berenjenal se iba a encontrar. El caso es que él es una de las voces más reconocidas que hacen ruido con este asunto que, por otro lado, a nuestros políticos y representantes, que lo sufren en parte, parece importar poco. O será que pesan más otros intereses. Con lo fácil que debería ser tener gobernantes que atendieran a los problemas de su pueblo y no a los de su partido.

Quienes sí que llegan puntualmente a nuestra costa y, por tanto, a nuestra provincia, son las narcolanchas y las pateras. La línea invisible que nos une a lo mejor del Norte de África sí funciona. Qué panorama.

jueves, 16 de abril de 2026

La gran primera vez

  Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 15 de abril de 2026.

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

Las primeras veces son siempre especiales. En todo. También en lo que usted está pensando. Pero, por ser la primera, suelen ser torpes, suelen admitir mejoras.

A veces ocurre que uno empieza a pensar y sabe dónde empieza pero no sabe dónde acaba. Algo así me pasó el otro día, cuando empecé a pensar que por primera vez voy a participar en la Feria del Libro de Almería, en la que firmaré ejemplares de mi libro —si alguien tiene a bien que lo haga— el próximo sábado por la tarde. El caso es que de ahí salté a que, en realidad, todo lo relacionado con mi libro está siendo una bonita primera vez: la primera vez que escribo algo así, la primera que lo publico, la primera que lo presento, etc.

Pero fui más allá en esa reflexión: nuestra vida, en sí misma, es una gran primera vez. Sí, salpicada de muchas repeticiones, de muchos días aparentemente intrascendentes empapados de rutina; pero una enorme primera vez. Y es que, en muchos momentos, hemos de tomar decisiones que nos marcarán para siempre. También nos pasarán cosas, ajenas a nuestra voluntad, que tendrán una huella profunda en todo nuestro futuro terrenal. Cómo somos, cómo gestionamos nuestros días, cómo construimos nuestras relaciones… son asuntos a los que nos enfrentamos sin experiencia previa y sobre cuyas sendas tendremos que caminar inexorablemente.

Hay personas que parecen saberlo todo sobre el arte de vivir, pero salvo que sean casos de reencarnación con experiencia previa, créame, están en la misma primera vez que usted. Quizás por ello deberíamos mirarnos todos con algo más de empatía, con misericordia. Si bien hay cosas que son objetivamente como son, no vayamos a caer en relativismos absurdos, muchas otras se prestan a la opinión que se nutre de la perspectiva de cada cual, de la experiencia de cada quien, de la intención de cada uno.

Y a todo esto, y sigo con aquello del pensamiento, le podemos añadir un corolario y es que la vida es nuestra gran primera vez y, salvo prueba en contrario, también la última. Sorprenden por ello la cantidad de momentos perdidos a cuenta de un enfado absurdo, la cantidad de experiencias aplazadas por cosas insignificantes, la cantidad de felicidades que se fueron al traste sin saber cómo ni por qué. Al final de tanta reflexión, podría reducir lo reflexionado en aquello que, hace ya unos años, cantaban las Azúcar Moreno: “solo se vive una vez… 1, 2, 3, ¡caramba!”.