jueves, 29 de enero de 2026

Julio en enero

                Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 28 de enero de 2026

                                                                                                                            Versión en web: clic aquí.

Se va despidiendo el primer mes del año. Un mes que alguien, en la sala de máquinas de quienes manejan los hilos de nuestro tiempo, decidió que sería el mes de Julio Iglesias. La sacudida mediática provocada por sus supuestos desmanes fue tremenda. Abrió informativos, ocupó tertulias, protagonizó portadas y nos tuvo, en fin, más que entretenidos. Las noticias sonaban francamente mal y, al intercalarse con imágenes otrora simpáticas del español más internacional, el juicio de la opinión pública no tardó en caer sobre él. Y, sin embargo, fueron muchos los que vieron en la tremenda escalada del asunto una más que interesada estrategia política para distraer, como siempre, al pueblo.

Han sido los terribles accidentes ferroviarios de Córdoba y Cataluña los que han terminado por desplazar a Julio Iglesias de la actualidad. Y fue en el primero de éstos, una desgracia absolutamente sobrecogedora, en el que ha emergido la figura de un nuevo Julio: Julio Rodríguez, el ángel de Adamuz. Hemos sabido de él por toda la ayuda que brindó a los heridos en los primeros instantes de las labores de auxilio. Con 16 años recién cumplidos, nos regala un ejemplo impactante de valores... y agallas. Emociona especialmente ese vídeo de Canal Sur en el que el padre de un niño herido reconoce en Julio a la persona que ayudó a su hijo en aquel trance.

No está de más que, durante unos días, pongamos el foco en este Julio y no tanto en el otro, o en Ábalos, o en Mazón, o en Pedro Sánchez. Con personas como Julio Rodríguez se construye un país que merece ser vivido, mientras los otros no paran de destruirlo, hasta el punto de sumirnos en una decadencia constante que, quisiera creer, no nos merecemos. Duele.

Desde hace unos años, he tenido la suerte de conocer mejor la historia de Ignacio Echeverría, el héroe del monopatín, otro grandísimo ejemplo de joven que, con apenas 39 años, entregó su vida intentando rescatar la de otros. Fue en Londres, seguro que lo recuerdan. Leer el libro de su padre, Joaquín, ayuda a entender los mecanismos que hacen que personas como éstas, extraordinarias, den lo mejor de sí por intentar ayudar a los demás.

Son ejemplos, grandes héroes que, además, lo viven con una interesantísima humildad. En esta era del postureo constante, consuela encontrar historias como éstas entre la maleza. Es como colar un oasis de la calidez de julio en el frío de este expirante enero.

viernes, 23 de enero de 2026

Lo que nos salva del gris

 Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 22 de enero de 2026

Ahora que, quizás, tenga usted reciente la película Love actually, tan propia de la Navidad, quisiera traerle a la memoria esa escena en la que la seductora secretaria del personaje interpretado por Alan Rickman le invita a que le haga un regalo por Navidad. Éste, casado y con hijos, se deja llevar con un escueto “¿Qué necesitas?”, a lo que ella responderá, con mirada perturbadora, eso de “No quiero algo que necesite, quiero algo que quiera”.

Y es que, tantas veces, necesidad y felicidad no van de la mano. Lo que necesitamos y lo que nos hace felices son cosas distintas. A ver si me explico. Necesitamos oxígeno para respirar, necesitamos que nuestro corazón lata a compás, necesitamos agua para calmar la sed… pero esto únicamente nos da una alegría (y de las gordas) cuando lo hemos visto peligrar. Por el camino, mientras tanto, son lo que en el argot empresarial conocemos por commodities: lo básico, lo esencial, lo esperado.

Con esas cuestiones cubiertas, lo que nos hace felices es tan distinto como diferentes somos todos, pero se me ocurre: un abrazo, un jamón, unas vacaciones bien lejos o el último gadget tecnológico en el mercado. Cosas, a fin de cuentas, materiales, espirituales o sentimentales, pero que no entran en el espectro de lo estrictamente necesario.

Por todo esto, hacer felices a otros no va tanto de cubrir sus necesidades de alimento, habitación e higiene (si pensamos en nuestros hijos), como de brindarles momentos que supongan un sobresalto real o, inevitablemente, regalarles eso que tanto desean. Si pensamos en parejas, en otros familiares, en amigos… lo necesario, tantas veces por esperado, no insufla ánimos en el alma de nadie y más nos vale probar suerte en otros hitos. Hasta el punto, si me permite la opinión, de que más vale descuidar en algún momento el campo de las necesidades, con tal de encontrar un camino para el disfrute y las alegrías.

A mí, si me lo preguntan, no me hace falta ese paraíso remoto: lo que de verdad me apetece es recorrer nuestro Paseo Marítimo una mañana laborable, de ésas en las que a la sombra hace frío, pero al sol te calientas. Esa luz, ese aire, esa calma.

Prestar atención a los deseos es la forma en que sacamos brillo a nuestros días. Porque, al final, lo que queremos es lo que nos salva del gris.


jueves, 15 de enero de 2026

Tomar decisiones

 Columna Relojes de arena publicada originalmente en Diario de Almería, el 14 de enero de 2026.

Versión en web: clic aquí.

Con el tiempo, uno llega a la conclusión de que la toma de decisiones suele estar mal pagada.

En estos días en los que millones de personas se conectan a Netflix y no son capaces de elegir una película antes de quedarse dormidos, lo que nos encanta es criticar a quienes, por el motivo que sea, tienen que tomar decisiones más enjundiosas.

Una de las cuestiones más complejas a la hora de decidir es que raramente se dispone de la información justa, correcta y precisa para hacerlo. Pensemos, por lo reciente del asunto, en las pasadas cabalgatas de Reyes y la lluvia. Adelantar, no adelantar, suspender… la carta de posibilidades es amplia, pero lo que se maneja para tomar una decisión crucial no es más que una previsión meteorológica, algo lo suficientemente volátil como para dejar margen a la improvisación. Eso, y las cuestiones logísticas, quiere uno pensar.

No pocos municipios almerienses decidieron adelantar sus cabalgatas al día tres, sábado, y el peso de esas medidas empezó a caer sobre la capital. Entre bambalinas hubo runrún de adelantamiento, pero la cosa no cuajó y la ciudad no parecía preparada para ello. El ruido de fondo, sin embargo, siguió en las redes sociales, que funcionan a las mil maravillas para esto.

Luego estaban los partidarios de adelantar y curarse en salud; los que opinaban que los Reyes Magos siempre llegan la tarde-noche del cinco de enero y que eso es sagrado; y los que ni sabían ni contestaban. También estaba la previsión de lluvia, muy negativa para la tarde del cinco, pero con un hueco esperanzador por la mañana. En ese contexto —y supongo que asesorados por personas de distintos ámbitos— la decisión del Ayuntamiento de Almería fue adelantar… pero dentro del propio día cinco, a las doce del mediodía.

El resultado ya es sabido: cientos de comentarios en internet, maldiciones varias, las clásicas apelaciones a los niños —que ya vaticinaron Los Simpson— y mucho ruido. Y la cabalgata en la calle, aunque con agua. Por cierto, en Granada la decisión fue muy similar y los comentarios se movieron en proporciones bastante más amables hacia el órgano decisor. Porque, casi se me olvida, también están los que, haga lo que haga la persona de turno, la van a criticar o alabar por una cosa o por la contraria. Esos, por supuesto, los hay en todos los bandos.

En fin, menos mal —para algunos— que el cinco por la tarde llovió a base de bien.


martes, 14 de octubre de 2025

Hasta la vista, José Antonio

La imagen de Morante de la Puebla quitándose la coleta en el centro del ruedo de Las Ventas ha corrido como la pólvora y es ya un hito y un icono de nuestro tiempo y de la historia de la tauromaquia. Han corrido, también, ríos de tinta; ha ocupado programas, magacines y telediarios a nivel nacional. Y creo que no es para menos.

¿Es Morante el mejor torero de la historia? Estos días muchos se afanaban en decir "el más completo", creo que precisamente para evitar caer en esto de si es, o no, el mejor torero que vieron los tiempos. A mí me parece que es único con el capote, que compone la figura como nadie, que es estudioso de la fiesta, que conoce y trae al presente las más antiguas suertes, que tiene todos los sentidos necesarios para torear como nadie haya podido torear nunca... pero creo que eso de "el mejor torero de la historia" no existe. Entre otras cosas, porque el arte de torear ha seguido una evolución histórica tal, que no creo que comparar a Joselito el Gallo, con Manolete o con Morante sea justo, en tanto en cuanto los siguientes beben de la fuente de sus predecesores, cosa que éstos no pudieron hacer. Dicho de otro modo y cambiando de tercio, creo que es mucho más fácil ser Messi después de Maradona y no antes.

Lo que sí tengo claro es que José Antonio Morante Camacho tiene más que ganado el derecho a decidir qué hacer con su salud mental, con su carrera y con sus entrañas. Una temporada como la que ahora termina, con el estado de gracia casi continuo en el que ha vivido, parece inimitable e inalcanzable en el futuro, con lo que retirarse ahora es hacerlo en la cúspide de su propia torería y del toreo mismo.

Tendrán que reajustarse los carteles y el escalafón, tendrán que asomar nuevos diestros que ilusionen a la afición y tendremos que aprender a vivir sin el torero que nos ha marcado tanto en los últimos años. Ser morantista es algo de lo que yo he presumido cuando menos valor parecía tener. Ahora, en 2025, son muchos los que, si me permiten la expresión, se arrepienten de no haber caído antes en las dulces redes de este torero único y para la historia. En este barco siempre hubo sitio para más; felizmente, no somos rencorosos y recibimos con los brazos abiertos a cuantos aficionados gusten de acompañarnos. Ahora, nos queda la hemeroteca, claro, pero lo que algunos hemos vivido estos años no nos lo quita nadie.

domingo, 9 de marzo de 2025

La aritmética pregonera

Veía el otro día sentados juntos a José Ángel Vázquez y Daniel Valverde y me preguntaba quién en su sano juicio hubiera pensado hace 1, 2 ó 5 años que José Ángel sería pregonero de nuestra Semana Santa antes que Daniel. Apuesto a que menos del 1% de los encuestados y, sin embargo, así va a ser. Y es que las cosas no siempre terminan siendo como damos por hecho que van a ser.

En José Ángel tenemos a un pregonero joven y pseudoforáneo (anímese, Carlos Herrera) que demostró en el americano con el Guardabrisas estar muy al día de lo que se cuece en nuestra Semana Santa. Me dejó la impresión de que la sigue con mucha atención y con la impresión también de que se ha empapado los pregones anteriores para, sin perderlos de vista, construir el suyo propio.

Yo creo que va a hacer un buen pregón, lo he creído siempre desde su elección y lo creo más desde que le he escuchado hablar del mismo, pero, volviendo a lo de la aritmética, aquí pocas veces dos más dos resulta cuatro. ¿Quién podría imaginar que Estudiantes designaría pregonero a José Ramón Suárez y éste nos regalaría una noche que a ver quién la empata? Pues probablemente nadie y ahí quedó: vacío y desnudo el pregonero, revueltos los asistentes.

Pero si hay cosas que escapan a la lógica, es porque hay acontecimientos que van construyendo esa lógica como, por ejemplo, el pregón de Javi Morales en Macarena: era de esperar que pronto le tocaría y era de esperar que estaría a la altura; eso sí, con un pregón de menos a más, consolidando la idea (al menos en mí) de que una cosa es ponerse delante de una cámara y otra cosa es ponerse delante de un atril tras el que asoman los tuyos; poca broma.

Otra noticia que me sorprendió de cara a esta Cuaresma fue la designación de Antonio Capel como pregonero en la Estrella, dejando a la Alcaldesa como presentadora del cartel. La inercia en esta Hermandad era indubitadamente la contraria, ¿punto de inflexión o accidente en el camino? Veremos.

En cuanto al oficial y volviendo a la lógica, qué poco lógico debió ser que Julio Alfredo Egea lo haya hecho tres veces, por seguir con otro ejemplo. Decía José Ángel que a veces no se sabe muy lo que se elige: si al cofrade, al político, al pregonero o a alguien para su homenaje. Supongo que todos los perfiles tienen cabida en la serie de los años y todos pueden hacer su papel, más allá de los gustos de cada uno.

Se me viene a la cabeza un (gran) pregonero que dice que hizo el oficial muy joven y se arrepiente, entiendo que le encantaría repetirlo y ojalá que lo haga, pero como dice también que no tiene sentido que haya tantos pregones de hermandades en Almería, mientras los acumula ya casi todos y no parece que se vaya a dejar ninguno sin dar. Y es que en esto de los pregones la aritmética está muy bien, pero la vida nos sale por la tangente.

lunes, 30 de diciembre de 2024

Cada 5 de enero en Almería

Cada 5 de enero en Almería caemos en lo mismo. En algún momento que yo no recuerdo, alguien dio con la tecla: la bajada de los Reyes Magos desde la Alcazaba hasta la Plaza Vieja es una delicia que antaño disfrutaban los paladares más exquisitos (los más fans de las figuras de los magos de Oriente) y que ahora aglutina a mucha gente hasta el punto de que es difícil disfrutar del tránsito de la comitiva real.

El asunto es que para que esta primera parte de la cabalgata ocurra a una hora más decente, la cabalgata en sí termina retrasándose en exceso. Basta con sentarse ante el televisor la tarde del 5 de enero para ver en Canal Sur cómo las distintas capitales andaluzas disfrutan de sus cabalgatas mientras que la de Almería aún no ha empezado. Es cierto que el recorrido de la nuestra no es muy largo, pero también debemos pensar que Almería es la primera capital andaluza en la que anochece. ¿De verdad tiene sentido que seamos los últimos en arrancar? Y si el recorrido es no demasiado largo y está tan masificado, ¿no merece la pena estudiar alguna forma de alargarlo y que el público se redistribuya? Claro, de nada serviría alargar el recorrido si no adelantamos el horario...

La del 5 de enero es una tarde espectacular prácticamente en cualquier ciudad de España y en Almería no lo es menos, pero nuestro modelo merece que alguien valiente se atreva a darle una vuelta de tuerca e intente afinar las cuerdas que empiezan a sonar desafinadas. La historia de Melchor, Gaspar y Baltasar es una de las más bellas jamás contadas y ojalá lo siga siendo por muchos años más.

En cualquier caso y aun cuando nadie se atreve con ello, el próximo domingo espero volver a echarme a la calle con mi familia para disfrutar de la verdadera magia que brota de la conjunción de todo un país para deleite de todos los niños, también de esos que los mayores aún llevamos dentro. Y cuando la cabalgata haya pasado, pondremos nuestros zapatos bajo el árbol de Navidad que con cariño montamos a primeros de diciembre, prepararemos unas galletas y unos vasos de leche y nos iremos temprano a dormir en la confianza de que el siguiente amanecer será uno de los no tantos que guardaremos para siempre en el recuerdo de los pequeños de la casa.

domingo, 15 de octubre de 2023

Buscando el flanco débil en Ignacio Echeverría

Hace unos días, tuvieron lugar en Almería unos actos dedicados a la memoria de Ignacio Echeverría Miralles de Imperial, en cuya organización he podido participar activamente, algo de lo que me siento orgulloso. No obstante, para sorpresa de los comisarios de todo esto, Ignacio Echeverría comienza a ser un recuerdo demasiado vago en demasiada gente y, además, hemos dado con algunas voces que, desde la confianza, la sinceridad, incluso el cariño, nos han planteado ciertos interrogantes sobre la conveniencia o necesidad de mantener viva esta figura con varios argumentos que voy a tratar de condensar en dos, dando además mi respuesta firma y convencida para cada uno de ellos.

En primer lugar, hay quien resta valor a Ignacio o a las actividades que buscan mantener viva su memoria con el argumento de que otros muchos "han hecho lo mismo". Bueno, estoy convencido de que mucha gente a lo largo de la historia ha dado su vida por otros, aunque en términos relativos ya no serían tantos. Pero de esas situaciones yo creo que Ignacio supera en mérito -si es que fuera correcto hacer este tipo de escala, pero me parece una respuesta justo a la premisa de confrontación- a aquellos que dieron su vida por un familiar o por un amigo, a aquellos que dieron su vida por compañeros de batalla, a aquellos que lo hicieron en una situación de conflicto bélico o armado, a aquellos que decidieron dedicarse a profesiones en cuyo ejercicio ese riesgo va implícito, etc. Creo que es compatible darle su sitio a Ignacio con reconocer un gran valor en tantas otras personas a lo largo de existencia de la humanidad, pero me sigue resultando extraordinario que alguien, sin ningún tipo de formación especial en defensa personal o similar, se dedicase a correr en dirección opuesta a tantos ciudadanos que huían del terror (¡incluso policías!) dispuesto a defender a otros de lo que fuera que encontrara con un simple monopatín. Y, ojo, sabiendo que la probabilidad de defender a alguien amado, siquiera conocido, era ínfima.

En segundo lugar, hay quien se pregunta si Ignacio, en caso de haber sabido con certeza que le esperaba la muerte, hubiera hecho lo mismo. Qué duda cabe de que la respuesta a esta pregunta no la tiene nadie, quizás la hubiera tenido Ignacio, quizás no. Pero hay algunas cosas que sí tengo claras: la primera es que una semana antes un policía había sido asesinado en un atentado e Ignacio ya había manifestado que él, de haber estado allí, lo hubiera defendido. Creo que esto es importante porque nos habla de que la muerte en un suceso estaba muy reciente en su imaginario y que, aún así, había dicho expresamente que hubiera acudido en defensa del agredido. Cae por su propio peso que si acudes a defender a una persona que finalmente resulta asesinada, estás asumiendo que puedes correr su misma suerte. La segunda cuestión que tengo clara es que, especialmente en ese clima, si ves a muchas personas (incluso policías!) huyendo de un punto, no sería lógico pensar que la amenaza que te vas a encontrar vaya a ser una cucaracha o un chiflado con un bate de béisbol: es obvio que la situación va a ser mucho más peligrosa. Y si decides dirigirte hacia esa situación y no eres un enajenado mental, es fácil comprender que estás asumiendo consecuencias negativas de todo tipo, incluso la muerte. Y allí que fue, con ímpetu y decisión. Con la energía suficiente para que otras personas que probablemente hubieran fallecido, sigan hoy vivas. Lástima que entre los tres terroristas consiguieron matar a este joven ejemplar.

Y añado algo que pienso: si yo hubiera sido una de las personas amenazadas en aquel puente, Ignacio Echeverría Miralles de Imperial, a quien jamás conocí de nada, hubiera arriesgado su vida por salvar la mía. Esa deuda imaginaria la asumo con alguien que, además, no parece que hiciera aquéllo con un ánimo suicida, sino simplemente con el deseo de ayudar a quienes consideraba tan valiosos como él mismo. Todo ello, además, impregnado con una fe superlativa y un amor a Dios incalculable.

domingo, 8 de octubre de 2023

Protagonista

En la vida, tantas veces los papeles vienen ya repartidos desde el back stage. No era difícil intuirlo conociendo su historia. Cuando el fruto del esfuerzo no es la brillantez, ni la admiración, sino simplemente la versión constantemente mejorada de uno mismo, lo más fácil es pasar totalmente inadvertido. Cuando las virtudes anheladas no son la popularidad o la prolongación de las cifras en el saldo bancario, sino la bonhomía y otras de este olvidado ramo, la salida normalizada es la de la indiferencia.

No destacó nunca entre sus hermanos, tampoco entre sus compañeros de estudios o de trabajo. Un chico bueno, esforzado: uno más. Afortunadamente, él tenía la suerte que no muchos tienen: una mirada distinta. Con sus ojos puestos en otras cosas, poco importaría ser el eterno don nadie, ¡el barquillo del turrón!, el actor secundario del que nadie recordará nunca el nombre, como tampoco se recordará que sin él la película, directamente, no habría funcionado.

Un día morirá, si es que no lo ha hecho ya, y aun en esa forma de pasar como pasan los días (como si nada) habrá alguien que sepa echar de menos lo que hacía sin darse mérito, sin hacerse notar, sin saber venderse. Alguien extrañará las cosas que se queden sin hacer, o peor hechas, porque la mano silenciosa que daba sentido al todo ya pasó a mejor vida. Y es obvio que de imprescindibles están los cementerios llenos, que la vida seguirá su camino y nada o casi nada parecerá detenerse; pero quizás entonces alguien tenga al menos la intuición de que en este puzle falta una pieza más importante de lo que parecía.

Y si su forma de morir es extraordinaria, cabe además la posibilidad de que se eleve sobre el resto como el mismo Cristo fue elevado, clavado en una cruz, para que todos lo contemplaran desde abajo. Algo así pasó con mi admirado Ignacio Echeverría: tuvo que morir dándose para que el mundo le prestara la atención que le debía. Y su padre se empeña en señalar lo normal y corriente que era Ignacio, mientras poco a poco va relatando las historias que, en la pura cotidianeidad, reafirman que Ignacio siempre estuvo hecho de una pasta especial; aun cuando, en principio, perteneciera a la casta de los que por no protagonizar, parecen no protagonizar ni sus propias vidas.